Marcos Tarre Briceño, uno de los pocos cultores venezolanos de la novela negra, acaba de presentar en Madrid Amangna Eshi (goajiro), que trata de los niños, en número de miles, secuestrados o simplemente captados por las FARC, el ELN y las Autodefensas pero ahora, además, por bandas delictivas. Esto es novela negra en caliente, sobre la realidad en desarrollo. Los chicos son el eslabón más frágil en la cadena del horror. Fiel a su estilo, este seguidor de Michael Connelly borda una historia que son ya unas 18 mil historias. Lo hace pensando todo el tiempo en tomar al lector por las solapas y no soltarlo hasta la última página. Se ha ganado el Premio Black Mountain de Novela Negra de este año
Sebastián de la Nuez
Leyendo a Marcos Tarre Briceño uno recuerda que en Colombia hay un lugar llamado Pasifueras. No se puede esperar nada bueno de un lugar llamado Pasifueras. Un joven se ha despertado en Pasifueras y no sabe ni por qué, pero quienes lo dejaron ahí botado la noche anterior le dejaron, como regalo, un peón de ajedrez metido en un sobre. Eso no puede ser un buen presagio. Dos páginas atrás, una muchacha ha aparecido muertica, tal como asevera un personaje. Le rompieron el cráneo con un bate de béisbol, igual al gánster que le llevó la contraria a Al Capone en aquella reunión de mafiosos del film Los Intocables.
Tarre Briceño publicó hace unos años un texto titulado «La displicencia del primer teniente Jaramillo», dentro de su colección de varios autores Relatos de la Orilla Negra: allí reproduce ―mejor que inventa o crea― un diálogo entre dos jóvenes guardias nacionales que están hartos de ser enviados a enfrentar manifestaciones en primera fila, dando palo y recibiéndolo. Estamos en plena era chavista, desde luego. Uno de ellos se plantea largarse, desaparecer, hacer trampa si es necesario para dejar aquello. «Quiero regresar a mi pueblo. Allá la comida es de verdad y no hay tanto peo». El otro le contesta que también le gustaría largarse, pero que está en una lista de la Gran Misión Vivienda y en cualquier momento le llega el día de su suerte.
Esa capacidad de atrapar la realidad y, desde una especie de deconstrucción mental, armar diálogos verosímiles, la tiene Tarre Briceño; como él mismo dice, la ficción le permite decir cosas «más profundamente». Es una manera de decirlo. La otra manera de decirlo es que hay escritores que nacen con una especie de parabólica oculta a simple vista, y eso es una gran ventaja.
Eso lo demuestra en este libro que acaba de presentar en la anticlimática Feria del Libro de Madrid, Amangna Eshi, Premio Novela Negra 2026 de la iniciativa Black Mountain.
Los movimientos de Marcos resultan lentos, no podría sacar un revólver en la noche oscura y tenebrosa sin tropezarse con su abdomen. Podría ser fatal para él y para el género de la novela negra latinoamericana en general. Su carrera de escritor y columnista en temas policiales es prolífica y exitosa. Su apariencia y modales puede que rindan tributo a esa pléyade de insignes policías o detectives un poco chuscos, algunos algo obesos pero capaces de impartir justicia más con su cabeza pensante que con destreza física, como Ironside, Columbo, Cannon, Carvalho o el mismísimo Hércules Poirot. Todos ellos, por cierto, bastante agudos y detallistas.
Marcos dice que la localidad donde vive ahora es un sitio muy bueno para escribir. Fue el único lugar de España donde su esposa Yajaira y él hallaron un piso por un precio razonable. Llegaron a la penínsila en febrero de 2025 procedentes de Buenos Aires. En la foto que sigue, aparece el día de la firma de ejemplares junto a Marisa Corbejo (Bohodón Ediciones, sello responsable del libro de Marcos), quien fue miembro del jurado que le otorgó el premio. Estaban en la caseta 117 el sábado 7 de junio.
―Me gustaría un marco referencial tuyo. Vienes de una familia de políticos e internacionalistas, al parecer eres el único que salió con ese tipo de inquietudes que generalmente no sirven ni para hacer dinero ni nada…
―Sí y no, porque mi padre, Sanín, hizo libros de corte político y fueron muy exitosos en su ámbito… Claro, en la época de Carlos Andrés Pérez. Mi hermano Gustavo ha escrito algunos ensayos políticos y una novela, también. Lo cierto es que crecí en una familia rodeada de libros, todos éramos lectores. Mi infancia la pasé en Ginebra, Suiza, y era como una costumbre ir cada cierto tiempo a una librería. Yo descubrí bien temprano a Sherlock Holmes y a Conan Doyle, luego a (Jules) Maigret y Simenon; a Tintín, jejeje. Los libros eran algo muy familiar en casa y en algún momento me dije, viendo que en Venezuela no había ningún personaje serial… Porque estaba Cuatro crímenes, cuatro poderes, de Mármol León, que no es una novela pero sí fue un libro muy exitoso; pensé en eso, en que podría hacer algo con un personaje serial y escribí Colt Comando 5.56. Lancé el personaje de Gumersindo Peña. Con la suerte de que existían Mercalibros y Seleven.
Marcos trabajaba como arquitecto (esa es su profesión) en una inmobiliaria, le iba muy bien pero, caramba, tenía esta inquietud irremediable. Cuando tuvo el manuscrito listo lo presentó a algunas editoriales. Sin embargo, la respuesta siempre era más o menos la misma: en unos meses le respondemos. O simplemente no le respondían. Total, no tenía modo de sacarlo.
En ese tiempo operaban dos empresas del sector editorial a manos del Grupo 1BC, o sea, Radio Caracas Televisión: Seleven y Mercalibros. Su gerente era Eduardo Guerra, con quien tenía cierta amistad; por otra parte, resultaba relativamente barato imprimir en España por entonces. Marcos sacó cuentas y ordenó ocho mil ejemplares de su libro, sin tener mínima idea del mercado venezolano ni nada parecido. Llegaron los ejemplares. Habló con Guerra y este le dijo que, si le llevaba una cuña de TV producida, la ponía en el aire. Se buscó a un amigo del ramo audiovisual. Se hizo la promoción. Se emitió, en efecto, la cuña de treinta segundos en televisión, en el canal 2.
La edición se vendió completa. El director cinematográfico Clemente de la Cerda compró los derechos para cine pero, antes de hacerla, falleció. Al cabo de un par de años, la viuda vendió los derechos a otro director, César Bolívar. Finalmente se filmó y resultó ser la película venezolana más taquillera del año, solo la superó la norteamericana Pelotón.
Aquel primer libro lo había comenzado escribiéndolo a mano, en un cuaderno; después se compró la primera computadora Apple que salió al mercado: descubrió esa maravilla y allí, en la Apple, terminó de escribir su obra, a la cual le inventó un sello editorial, Sarbo (obras al revés). Fue, pues, un éxito total. «Estoy hecho», pensó en ese momento. Era el año 1986.
Al siguiente todo su derrumbó. El país sufría las consecuencia del Viernes Negro y el cine entró en picada por falta de financiamiento; su segundo libro también llevaba nombra de arma de fuego, Sentinel 44. Aunque César Bolívar también compró los derechos, nunca se llegó a realizar. En ese momento quiso romper con el esquema y se inventó una novela llamada Operativo Victoria, que estuvo entre las finalistas del Premio Rómulo Gallegos (que por entonces aún tenía prestigio). Con su novela Bar 30 abordó vericuetos más allá de la existencia conocida como tal: alguien practica el vudú y alguien más vuelve a habitar el planeta como zombi.
A Marcos no le faltan ni recursos ni temas ni personajes. Puede escriubir sobre zombis y al paso siguiente hacer informes sobre movimientos del narcotráfico en Latinoamérica, para un cliente al que prefiere no mencionar. Pura racionalidad. Puro dato duro. Fue entonces cuando abandonó Venezuela: se coinvirtió junto a su esposa Yajaira en diáspora. Se instaló en Buenos Aires. Organizó un equipo de ocho personas que, desde diferentes lugares, desarrollaban informes sobre narcotráfico, cubriendo toda América Latina excepto Colombia y Brasil. Hicieron más de 500 informes. Hasta que el encargó acabo por razones de fuerza mayor. Llega al poder Milei, al poco tiempo se vio en un brete. Se vinieron a España.
Esto va de pelados, niños que secuestra o convence la guerrilla colombiana para sumarlos a su causa, la mayor parte de las veces con la finalidad de utilizarlos para probar áreas que pudiesen estar minadas, abusar de ellos, esclavizarlos. La cosa empezó cuando ACNUR los contrató, a él y a Yajaira, para que dieran una serie de conferencias de sensibilización a periodistas venezolanos que cubrían la frontera con Colombia. Cuando llegaron a Guasdualito, aquello fue especialmente impresionante: ellos iban en unas camionetas, todo muy serio y formal. Quien los atendió en el pueblo en cierto momento les dijo: «Ese grupito que está allá hace una fila para pagar la vacuna, estos que están desayunando aquí son del ELN, y allá están los de la FARC. Y cualquier cosa que vayamos a hacer hay que hablar con ellos para pedirles permiso».
LA FICCIÓN Y LOS PELADOS
Marcos siempre ha pensado que con la ficción puede profundizar mucho más, aportando elementos que imagina, en este caso, relacionados con el daño infringido. «¡Coño, los pelados van primero porque para la guerrilla un adulto combatiente vale mucho más que un carajito! Entonces, ¿un terreno donde la guerrilla teme o sospecha minado? ¡Los pelados primero!, a ver si explotan o no las minas».
Es el tema de este libro, los pelados y las minas quiebrapatas. Pero sobre todo, la inocencia violentada, usurpada, puesta al servicio de una guerra que carece de fin y de sentido. En un pasaje de Amangna Eshi, casi al final, uno de esos chicos recibe instrucciones para avanzar hacia una zona que puede ser un peligro; le dicen que en la vía de Calamar están los retenes, en ese punto deberá estar muy alerta porque si los retenes son del ejército no hay problema, pero si son de los batallones contraguerrilla es distinto y ahí es que tiene el jovencito que estar muy mosca. Así mismo, muy mosca. Y el chico pregunta cómo distingue unos de los otros. El instructor, o el que nada más lo manda, enseña sus dientes en la sonrisa y le dice que por las insignias lo reconocerá. Pero le va a decir un truco, además: «Si tú ves que el soldado tiene el dedo sobre el gatillo del fusil, no hay peligro, pero si ves que tiene el índice extendido…». El chico escucha con atención concentrada los detalles sobre dónde es que el dedo índice extendido puede representar una amenaza, colocado arriba de qué o al lado de qué. Al final pregunta: «¿Y cuál es el dedo índice?»
Es un tema del cual no se ha hablado nada o casi nada. La cosa está tan vigente que en marzo de este año, a diez años de que se firmaran los acuerdos de paz de La Habana, todavía unos comandantes o excomandantes de las FARC reconocieron que hubo 18 mil menores de edad entre sus filas. ¡Cuando aquel informe, en la época en que estuve allí (en la frontera), se estimaban apenas ocho mil menores…! Niños y niñas. Esa opción para jóvenes latinoamericanos la han retomado las bandas del narcotráfico. En México, en Brasil, en Venezuela.
―Entonces hiciste una novela con todo eso, la que ha ganado el Black Mountain. Amangna Eshi. ¿Qué significa eso?
―Es goajiro. En la cultura goajira, sabes, son gente dura, brava, si hay un daño, un mal, y se derrama sangre, la familia de la víctima manda un negociador, que se llama así, amangna eshi. Es el que viene a cobrar las lágrimas de sangre. En el primer capítulo de la novela hay una goajira que juega un papel importante. He tratado de ponerme en el lugar del lector preguntándome continuamente si lo que hago atrapa; si mantiene la atención. No busco las oraciones perfectas sino reflejar lo que está pasando, recoger el habla de la gente: lo más real posible.
![Los pelados siguen yendo primero Marcos Tarre Briceño, uno de los pocos cultores venezolanos de la novela negra, acaba de presentar en Madrid Amangna Eshi (goajiro), que trata de los niños, en número de miles, […]](https://hableconmigo.com/wp-content/uploads/Marcos-Tarre_17-620x250.jpeg)




Muy bueno. Historia entretenida y provocativa.
Muy bueno este nuevo relato de Sebastian de la Nuez. Invita a buscar y leer esa novela-
Gracias, Luis, un abrazo.