Aquella especie de compromiso existencial

La Cinemateca Nacional abre sus puertas en 1966, bajo la presidencia en Venezuela del adeco Raúl Leoni. Margot Benarcerraf, la autora de los documentales Araya y Reverón, es su primera […]

La Cinemateca Nacional abre sus puertas en 1966, bajo la presidencia en Venezuela del adeco Raúl Leoni. Margot Benarcerraf, la autora de los documentales Araya y Reverón, es su primera directora. Le sigue, a los pocos meses, pues ella viajará a Francia, el escritor Rodolfo Izaguirre. Después se encargaron los profesionales Ricardo Tirado, Oscar Emilio Cisneros, Ildemaro Torres y Oscar Lucién: claro que la lista sigue, pero esta nota se detendrá en Lucién y la entrevista que fue realizada en Madrid para que el sociólogo y cineasta contara su experiencia allí, cuando le dio un vuelco a la entidad durante el segundo periodo de Carlos Andrés Pérez. Se recogen, además, los recuerdos más luminosos de Izaguirre, cortos pero sabrosos*

Sebastián de la Nuez

Rodolfo Izaguirre tiene todas las anécdotas habidas y por haber sobre la documentalista Margot Benacerraf y su desesperada búsqueda de locaciones inexistentes para su proyecto de la Cándida Eréndira debidamente autorizado por su autor. ¿Por qué inexistentes? Porque, aun hallándolas, Benacerraf, arguyendo cualquier pretexto por inverosímil que fuese, hacía desaparecer dichas locaciones del mundo terrenal; de modo que el equipo productor jamás encontró sosiego ni escenario para un film eternamente pospuesto.

Pero esa es otra historia; en esta, Rodolfo Izaguirre destapa su experiencia como director de la Cinemateca,  entidad caraqueña que había sido estrenada por Benacerraf (en 1966), a quien él sucede en el cargo. Ha sido, Izaguirre mismo lo confiesa, el trabajo de su vida. Allí estuvo varios años efervescentes y exitosos; para él, lo mejor fue organizar un ciclo de rumberas del cine mexicano. ¿Por qué lo hizo, si una Cinemateca que se respete, como él mismo dice, no debe mostrar (al menos teóricamente) películas de rumberas? Quizás por el gusto de hacer una cosa insólita y preciosa al mismo tiempo, como él mismo dice.

Debe acotarse que la sala de la Cinemateca Nacional caraqueña se encuentra dentro del edificio del Museo de Bellas Artes. Por cierto, Izaguirre también pasaba películas de Tarzán, y lo hacía pensando en abrir la discusión sobre el carácter colonizador del personaje.  

Rodolfo Izaguirre en su casa de la urbanización Santa Eduvigis, en febrero de 2016, junto al redactor. FOTO: Oswer Díaz Mireles.

El largo periodo que cumplió Izaguirre al frente de la Cinemateca debe haberse parecido bastante a un paseo lúdico por las artes visuales de casi todo el mundo. Años más tarde llegó el sociólogo Oscar Lucién, quien siempre ha tenido más de cineasta, trotamundos y comunicador que propiamente de sociólogo. En 1990 presentó un proyecto para renovar y reestructura la Cinemateca bajo un presupuesto de cien millones de bolívares. Se contemplaban cuatro áreas: departamento fílmico, centro de documentación, programación y relaciones internacionales.

Aquella suma contemplada en el presupuesto era importante. Contemplaba la remodelación de la sala y la compra, en Parque Central, de un espacio para el centro de documentación; además, se hizo un trabajo de indexación con Cuba y la OEA.

El periodista Luis Vezga Godoy y el exdirector de la Cinemateca Nacional, Oscar Lucién, en un restaurant de Madrid el 25/07/2023.

Los funcionarios de la OEA aceptaron. Por la experiencia que tenían los cubanos en esta área, ellos se encargarían de la indexación del material fílmico. Y un día de verano, en una plaza de Madrid cerca de la calle de Atocha, en una de esas terrazas que los restaurantes colman de mesas y sombrillas para abarcar más, Lucién contará buena parte de la historia:

Se publicó una colección en papel llamada Cuadernos de Investigación de la Cinemateca, con tesis de grado de la Escuela de Arte de la Universidad Central de Venezuela. Para Lucién fue una experiencia maravillosa, hubo una sinergia con la profesora María Elena Ramos, a quien nombraron directora del Museo de Bellas Artes. Con ella y con la Dirección de la Galería de Arte Nacional se organizaron eventos en colaboración, funciones al aire libre… En fin, Lucién recuerda en especial una función histórica de Carmen, de Bizet, «con una partitura que habíamos encontrado en Estados Unidos;  trajimos a la directora y el proyector para poder pasarla en la sala del Teatro Teresa Carreño, con la orquesta sinfónica».

Se instauró cierta disciplina: una vez empezada la función, no se permitía el acceso (eso generó bastantes reclamos) y se prohibió comer en la sala.

Lo invitaron a unirse. Claro, lo lógico era que se incorporara al trabajo pero entonces vio que no disponía de herramientas técnicas para eso. Les dijo que iría a estudiar a París y que luego se encontrarían.

Lo primero que hizo al llegar a Caracas fue vender un carrito que tenía, y con eso y algunos ahorros se fue a Francia. La ventaja era que el bolívar valía mucho más que el franco. Hizo dos cosas: estudiar su doctorado en Sociología y estudiar cine. Además ganó amistades. Decidió hacer una película con Luis Luksic, Retrato del poeta desnudo. Los dos hermanos Guayasamín, por su parte, mostraron disposición a ayudarlo.

Para hacer el cuento corto: los Guayasamín, de una extraordinaria generosidad, lo aportaron todo, incluyendo la cámara y el Nagra. Rememora Lucién: «Grabamos la película en Venezuela y me fui para Ecuador a montarla allá. Dura una media hora. Todo esto nació desde aquel contacto en la Cinemateca. La película versa sobre una obra de Jorge Icaza».

Muchos films que se pasaban en la Cinemateca eran préstamos de las embajadas. No, no hubo nunca interferencia oficial. Lucién estuvo al mando durante  el segundo periodo de Carlos Andrés Pérez. Llegaron los copeyanos y pusieron al filósofo  Fernando Rodríguez en la dirección de la entidad, y todo el mundo sabía que Rodríguez no era copeyano sino un independiente por vocación y criterio propio. Mientras tanto, Lucién pasó a la presidencia de la ANAC o Asociación Nacional de Autores Cinematográficos. Acababa de hacer el largometraje Un sueño en el abismo.

Sobre Oscar Garbizu, encargado del archivo, cuya meritoria tarea a favor del cine ha sido reseñada en esta otra entrada del blog, dice Lucién: «Asumió un apostolado de la conservación. Él sabía de eso, en la parte de lo químico». Lucién contaba además con el sociólogo Tulio Hernández en documentación e investigación; y con el cineasta Leonardo Henríquez en programación.


Esta serie sobre la Cinemateca Nacional y otros vestigios del ambiente cinéfilo caraqueño a finales del siglo XX seguirá con otras reseñas y crónicas. En la próxima entrega: Alberto Valero, nuestro hombre en Polonia, epicentro del gran cine socialista..