
Un periódico local lo dice, que casi dos millones y medio de personas pasaron por el Real en algún momento entre los días 21 y 26 de abril, cuando se celebró la Feria de Sevilla. Ya se comenzó a hablar de la edición de 2027, y es que la ciudad de Velásquez parece la propia pintura del jolgorio y el dejarse ver. Cuestión de talante y de talento (turístico)
Sebastián de la Nuez
Sevilla rebosa religiosidad, espontaneidad, gregarismo y ganas de echar vaina. No necesariamente en ese orden. Lo que no se ve en Sevilla es gente entregada al trabajo; gente trabajando sí, pero lo que se dice entregada a ello, con ahínco y fervor, más bien no (al menos en esta época). El fervor suelen dejarlo para Rocío, Mercedes, Macarena o Nuestra Señora de la Esperanza de Triana. Los sevillanos parecen hechos de cierta pasta cálida y latina proclive a lo que los venezolanos llaman la jodedera y el bonche.
Esto se nota especialmente durante unos días de abril sobre una explanada ―todo el año yerma excepto ahora― en donde, de la noche al día, florecen preciosas chozas a las que llaman casetas y gente, ríos de gente vestida como si fueran para un casting de una versión castiza de Lo que el viento se llevó. Los andaluces son abiertos y parlanchines, cualquiera diría que piden bendiciones en sus rezos todas las noches y que el cielo, sin más, se las derramase encima sin tacañería alguna. Si un recién llegado pregunta si este tren va para Plaza de Cuba, saldrán varios a informarle acerca de la parada en la que se debe bajar, y no le quitarán la vista de encima hasta asegurarse de que el forastero se baja, en efecto, donde debe hacerlo y no en otro lugar.
A los andaluces les encanta el vino, el baile y el frito de pescado. Era uno de los platos más pedidos el otro día, en la caseta ―estructura de madera para albergar comedor y cocina, todo improvisado pero bien puesto― del ayuntamiento, uno de los pocos sitios donde se podía entrar sin invitación. La feria la montan gremios, congregaciones, asociaciones, peñas, familias de postín, etcétera: cualquier ventetú debidamente registrado y con fondos suficientes para pagar su espacio y la instalación adecuada para servir, principalmente, caña y comida. El plato de fritos por diez euros de la caseta municipal traía pulpo, boquerones, gambas, calamares rebosado y un pescaíto parecido al pargo pero que no lo era (o lo llaman de otro modo), casi sin espinas; más un buen vino de Rueda de la zona. No había dónde sentarse, muchos comían de pie arrimados al mostrador.
Esta feria ―dicen― es una oportunidad para hacer negocios. Pero sobre todo, por lo visto, para flirtear, beber, bailar y flirtear de nuevo hasta las seis de la mañana. O solo conformarse con pasearla airosamente en tartana (carreta). A mediodía, las calles empedradas ―aquí todo es aledaño al Guadalquivir― apenas albergan vida aquí y allá. La mayoría duerme la mona. Sea en la circunstancia que sea, a esta hora o más tarde, la feria ofrece el espectáculo gratuito de ellas vestidas con deslumbrantes trajes en colores brillantes, faralaos hasta las canillas, escotes insurgentes; ellos, de riguroso flux y corbata.
Al lado, preámbulo de la feria conforme se sale de la estación de metro Blas Infante, un parque de atracciones desplegado: aparatos de toda índole para chicos y adultos arrojados. Comienza a funcionar a las doce en punto con un chirrido de pitos, resoplidos de motores a reacción de mentirijillas y conciertos de ululantes sirenas. Cacharros de todo tipo suben y bajan gente con el desayuno en el esófago. Un peligro. Eso y dos norias enormes desde las cuales puede abarcarse con la vista buena parte de Sevilla y más allá.
Aunado a tal jaleo, por los parlantes no salen aires flamencos sino changa, reguetón y perreo al estilo Bad Bunny. O sea, más Puerto Rico que Andalucía en el ambiente.
El lunes 27, desde las avenidas circundantes podía asistirse al desmantelamiento de la efímera ciudadela construida en metal, hierro y madera. A una noria ya la habían despojado de sus asientos. Eso quedaba de la feria: el escenario de una obra monumental con las vísceras al aire. Meros despojos, campo yermo de aparatos y bellas chozas ahora desfiguradas; fueron durante unos días iluminadas por farolillos de papel de colores, alineadas donosamente con sus frontispicios delicadamente pintados. Todo el recinto minado de grúas y grandes gandolas articuladas deglutiendo las piezas de lo que fue pero ya no es.




Deja una respuesta