¿Sabías que el centauro Páez quiso ser actor?

Esta es la segunda y última parte sobre El sainete en Venezuela  (ver aquí la primera), una conferencia humorística sobre la historia del teatro venezolano escrita por el dramaturgo José Ignacio […]

Esta es la segunda y última parte sobre El sainete en Venezuela  (ver aquí la primera), una conferencia humorística sobre la historia del teatro venezolano escrita por el dramaturgo José Ignacio Cabrujas y que se presentó, con éxito de crítica y público, en toda Venezuela durante casi tres décadas. Pero también se habla aquí de obras de teatro costumbristas como El rompimiento, y de los periplos vividos por aire y tierra por el actor Rafael Briceño y el grupo de teatro El Rompimiento. Por cierto, ¿sabía usted que el centauro de los llanos quiso ser actor?

 José Luis Briceño R.

El sainete en Venezuela se presentó en las principales salas del país pero también en liceos, escuelas, ateneos y universidades; en algunos sitios con escasas condiciones para su representación, incluso al aire libre.

Al principio, y en especial en zonas o barrios donde apenas se contaba con una tarima, los productores de la pieza (o sea, Rafael Briceño y José Ignacio Cabrujas) disponían de una camioneta Valiant de seis cilindros y un equipo de sonido compuesto por una planta Fischer de tubos, un micrófono y dos cornetas de madera con suficiente vatiaje, implementos que hoy reposan en la Fundación Museo de la Radio creada por Oswaldo Yépez. Algún día serán exhibidos al público.

Entre el actor Briceño y el dramaturgo Cabrujas se repartían el trabajo de transportista, técnico de sonido, empresario, vestuarista y actuación para que la función pudiera continuar y el público reír.

De todos los textos que formaban parte de El sainete hubo uno, producto de aquella investigación inicial que dio origen a este espectáculo, que resultó, según Briceño, un descubrimiento. “¿Sabías que Páez quiso ser actor?”, le  pregunta  al periodista Eduardo Fuenmayor*.

En 1967, unos años después de estrenado El sainete en Venezuela  el escritor Carlos Salas publicó su Historia del teatro en Caracas. Recuerda que el general José Antonio Páez,  siendo presidente de la República, construyó en 1829 una sala de teatro en su casa de Valencia.  Decidió montar Otelo, de William Shakespeare. El papel de Otelo fue interpretado por Páez mientras que al doctor Miguel Peña le tocó hacer de Yago y al ministro de Guerra y Marina, general Carlos Soublette, se le encomendó Bravancio.

Cabrujas encontró en esa escueta y fría referencia histórica una magnífica oportunidad para imaginar  una escena de humor criollo y satirizar al presidente actor, esa vena tan común en la Historia política del país (incluso hasta bien entrado el siglo XXI).

En su versión, coloca al presidente en apuros luego  de recibir una solicitud de dinero por parte de las damas del Hospital de Niños Pobres de Valencia, que no puede satisfacer debido a la falta de fondos en las arcas públicas. Para salir del atolladero y reunir los recursos, Páez decide comenzar los ensayos de Otelo. Las entradas para este evento costaban 20 pesos. Nada caras si se considera que el público tuvo la oportunidad de ver, por única vez en la historia republicana, al presidente vestido con una batola, el pelo rizado y unos aros en las orejas. Al finalizar la función, el aplauso fue atronador. Y ¡ay! del que no aplaudiera.

«Este hecho de que el presidente actúe no es una invención de estos años de democracia. El presidente actor… es decir, el presidente, tiene un viejo origen en Venezuela», asevera  Cabrujas antes de presentar su versión criolla de lo que pudo haber sido una escena entre el pérfido Yago (representado por el general Soublette), y Otelo, interpretado por el general Páez.

OTELO (en criollo): ¡Yo quiero destrozar a esa mujer infiel…!

YAGO (criollo y militaresco): Tenga prudencia, mi general. La verdad es que yo no sé si ella todavía le será infiel a usté. (Intrigado) ¿Por casualidad usté no le habrá visto a la señora Desdémona un pañuelito bordado, bien bonitico, por cierto?

OTELO: ¡Claro que sí, vale! Ese fue el primer regalito que yo le hice exclusivamente a ella. ¿Por qué?

YAGO: Bueno, la verdad es que yo no me sabía esa parte. Pero sí recuerdo que le vi a Casio un pañuelito igualito…

OTELO: ¡Caray, Yago!, ¿tú crees que sería el mismo?

YAGO: Bueno, mi general Otelo, la verdad es que no me atrevería a asegurarlo, pero aunque fuera de otro, si de verdad fuera de ella, eso podría ser una pista. ¿Usté no cree?

OTELO (arrechísimo y bufando): ¡Ah, ah, ah! ¡Cónchale, Yago! Ojalá tuviera ese carrizo ciento siete vidas para vengarme bastante, porque… ¿sabes lo que siento en este momento aquí en el pecho?

YAGO: ¡Qué, mi general!

OTELO: ¡Un bojote de culebras macaureles…! ¡Y lo que veo es ese sangrero!

YAGO: (Impresionado) Bueno, general, mejor es que tenga un poco de paciencia. ¡Cónchale, tampoco es así la cosa! ¿Por qué no lo piensa un poquito, ah?

OTELO: ¡Qué va, Yago, qué va! Ya estoy morao de lo tibio que estoy. Esto no lo para nadie. ¡Te lo juro por San Judas Tadeo! (besa los dedos en cruz) Y, por favor, Yago, anda y tráeme un poquito ‘e café.

«Para mí la revelación de Rafael Briceño fue viendo El sainete en Venezuela», les dice el escritor y director de teatro Ugo Ulive a María Alejandra Correia y Liz Iraima Omaña, autoras de la tesis Rafael Briceño: seis décadas de vida actoral y aportes al teatro venezolano (Instituto Universitario de Teatro, IUDET).

Y agrega Ulive:  

Aquella antología donde José Ignacio narraba brillantemente esas barbaridades del general Páez haciendo de Otelo y todas esas cosas que él había desenterrado dentro de la historia del teatro venezolano y Rafael ilustraba, actuando haciendo varias veces la escena entre los dos, fue un descubrimiento.

El sainete en Venezuela siguió presentándose con cierta regularidad hasta principios de los años ochenta. Quizás la última vez fue en Barquisimeto en 1990, casi treinta años más tarde después de su estreno en 1963 en el Ateneo de Caracas, atendiendo una solicitud del Country Club de esa ciudad para hacer dos funciones a beneficio de Bandesir y Fundamenor.

Al ser consultado sobre el prolongado éxito del espectáculo, que en ese momento pasaba de las 500 presentaciones, el maestro Cabrujas dijo:

Debe ser un problema de identificación de autenticidad. Mucha gente descubre con este trabajo que el teatro venezolano no es un conejo salido de un pumpá por obra de la magia, sino que es una actividad con casi 300 años de historia. No se trata de que sea un teatro bueno o malo, sino que era real, se correspondía a un país. Nosotros contamos esa historia con humor.

 

DOÑA CATALINA TIENE VOZ  DE HOMBRE

En 1986, la Compañía Nacional de Teatro anuncia en su programación un ciclo de sainetes venezolanos que incluye Salto atrás de Leoncio Martínez y El rompimiento de Rafael Guinand. En el reparto de la obra de Guinand figuran, para el papel de Ramona, Aura Rivas y Francis Rueda; para el de doña Catalina, Tania Sarabia y Aleska Díaz Granados.

En la historia de los sainetes venezolanos nunca antes un hombre había interpretado el papel de doña Catalina u otro rol femenino. Rafael Briceño vio, durante aquella temporada, la oportunidad de repetir el éxito obtenido con el diálogo  entre Ramona y doña Catalina en el cual interpretó los dos papeles para una escena de El sainete en Venezuela. Llegó a un acuerdo con Tania Sarabia, quien aceptó hacer una prueba con el personaje.

En los años treinta no era bien visto  por la moral pública  que un hombre apareciera vestido de mujer en el escenario interpretando obras del sainete venezolano. Dice el crítico teatral Leonardo Azparren:

No existe información que registre un hecho como este. Además, tanto Rafael Guinand como Leoncio Martínez no lo hubieran aceptado porque eran hombres conservadores en sus vidas cotidianas.

Rafael Briceño haciendo de Catalina Mijares en «El rompimiento».

Hay obras de teatro en las que el autor pide que determinados personajes femeninos sean interpretados por hombres, como es el caso de Las criadas de Jean Genet, obra estrenada —en Venezuela— el 4 de septiembre de 1969 en El Nuevo Grupo, bajo la dirección de Ugo  Ulive. Protagonizaron Manuel Poblete y Hugo Pimentel.

Son obras muy particulares que permiten ese juego. En el caso de El rompimiento se trata de una parodia donde el espectador en ningún momento perdía la noción de que el actor montado en el escenario era Rafael Briceño, un hombre interpretando un personaje femenino. «La dinámica de la obra lo permitía. No era un juego de travesti», apunta Azparren.

Por su parte, la actriz Francis Rueda cuenta:

La pasé muy bien trabajando con Rafael y haciendo aquella famosa escena de El rompimiento entre Ramona y doña Catalina. Me divertí muchísimo con sus ocurrencias, que me obligaban a estar alerta siempre para seguirle el paso.

Han pasado treinta años desde la realización de aquel montaje dirigido por José Simón Escalona. Briceño terminó quedándose con el personaje de doña Catalina y completó toda la temporada.

Agrega Francis Rueda:

Yo me iba temprano para ayudarlo a maquillarse y le arreglaba las uñas.  Su actuación fue un gran éxito que el público disfrutó muchísimo.

Catalina Mijares  entró en  la lista de personajes interpretados por Briceño más recordados por el público. La experiencia lo llevó a  decir que alguna vez le gustaría representar  nuevamente a una mujer, pero distinta, quizás la Bernarda  de García Lorca. 

El vínculo de Rafael Briceño con el teatro costumbrista es destino y elección que se hace presente, de nuevo, a mediados de los años noventa. ¿Qué mejor circunstancia para celebrar la vida y su última etapa de actor que un reencuentro con los sainetes de Guinand y el público que lo aplaude  y admira por su ingenio y gracia para inventar morcillas?

La invitación llegó de la mano de Frank Carreño, actor y productor, hoy director de la empresa de doblaje Voces de Marca (La Universidad de la Voz) y la actriz Livia Méndez. Los dos, junto con un grupo de actores jóvenes, venían de  la Compañía Nacional de Teatro donde trabajaron en montajes de  Guinand y Leoncio Martínez.

La Dirección de Cultura de Fundarte le solicitó a Carreño un espectáculo de calle. Comenzaron con El rompimiento porque era una obra en la que tenían los personajes definidos. El maestro Briceño aceptó trabajar con ellos y la primera función la hicieron en una salida del Metro en Caricuao que tiene una plaza. «Los asuntos administrativos nos obligaron a registrarnos con un nombre y escogimos Grupo El Rompimiento», recuerda.

La sencillez de la escenografía —unos muebles de paleta—, el sonido y las luces facilitaron aquel periplo que los llevó a recorrer todo el país por avión y carretera entre 1995 y 2000 en una suerte de theater road con obras como Yo también soy candidato de Guinand, La Juanbimbada, texto inspirado en Andrés Eloy Banco, y El sainete en Venezuela que lo montaron esta vez en el Colegio San José de Tarbes de La Florida.

Para Briceño, el regreso a las carreteras de todo el país  fue una sobredosis de vitalidad que lo ayudó a recuperarse de cierta melancolía que una ausencia temporal de las tablas le produjo. Sintió que volvían los días en que, a mediados de los años sesenta, manejaba a Maracay dos veces por semana, acompañado por Cabrujas, para dar clases de teatro en el Ateneo de Maracay, y regresaba a Caracas a las ocho de la noche. Solo que ahora era un hombre de 74 años dispuesto a disfrutar a plenitud y compartir con  una tercera generación de actores la experiencia de hacer teatro costumbrista por todo el país.

Al igual que sucedió con El sainete en Venezuela, no hubo lugar donde no se presentaran: hoteles en Margarita, clubes como Lagunita Country Club o Izcaragua, clínicas, universidades como la UCV y la Simón Bolívar, teatros, liceos y salas pequeñas. El rompimiento lo presentaban en la Casa del Artista entre semana en horarios  matutinos entre 10:00 y 11:00 de la mañana para los estudiantes de los liceos y las escuelas públicas de Caracas. Comenta Carreño:

Con La Juanbimbada, que también llamamos Un poema para Andrés Eloy, viajamos muchísimo. La escenografía eran tres atriles, y el reparto, un guitarrista, Briceño, Livia y yo.

Y agrega:

Yo admiraba mucho de Rafael su capacidad de entrega. A la edad de 76 años se pegaba esos viajes que eran matadores hasta para nosotros mismos que hace 25 años atrás éramos muy jóvenes. Él lo hacía con muy buen sentido del humor y siempre bien dispuesto. Era muy guerrero y eso siempre se lo admiré.

 

UNA NOCHE DE TEATRO EN GUASDALITO

En este quinquenio viajero por todo el país jugó un papel fundamental Petróleos de Venezuela, empresa que los contrató para hacer giras por las principales  unidades básicas de producción. Gracias a este patrocinante, cientos de espectadores de las poblaciones de El Palito, Anaco, San Tomé, Puerto Ordaz y Guadualito pudieron ver el teatro de Rafael Guinand.

La primera obra de teatro profesional que se presentó en Guadualito fue El rompimiento, asegura Frank Carreño. «Estuvimos a escasos 20 minutos de la frontera con Colombia, y esto a manera de anécdota, después de haber salido de Maiquetía a las ocho de la mañana y llegando a la población de Guadualito a las 4 de la tarde, luego de una hora y media en avión y cinco en carro, para hacer una función a las siete de la noche para un público, maravilloso por  demás, que en su mayoría no había visto una obra de teatro ni por casualidad».

Debían presentarse en la iglesia pero, debido al calor y al hecho de que el público que los esperaba superaba las expectativas de asistencia, decidieron  mudarse a la plaza Bolívar de Guadualito:

Nos cambiamos y a gañote limpio hicimos una función que para nosotros resulto inolvidable.

Meses más tarde, en 1998, en un homenaje organizado por  Levi Rossell —director de Cultura de la Alcaldía de Baruta— para Rafael Briceño, Frank Carreño recordó aquel viaje al alto Apure:

Al frente de esa delegación, como un reparador de sueños, estaba el maestro Rafael Briceño. Esa noche Guasdualito se olvidó de guerrilla, de narcotráfico; esa noche el Teatro de Operaciones sobró; esa noche, maestro, la guerra la ganó nuestra causa; esa noche Guadualito sonrió.

NOTA:

Las morcillas son parlamentos improvisados y graciosos inventados por el actor sobre la marcha, preferentemente aludiendo a temas como la moda, la vida social o la política (que ocuparan el interés del público para el momento de la representación).

* Autor de El ausente que voy siendo / Historia de vida de Rafael Briceño (Fundación Polar).