Se llama Elisa de la Nuez de la Torre, vive en un apartamento en medio de Sevilla. La acompañan los vestigios de una vida plena, risueña y luminosa aun en medio de una dictadura que apenas la rozó. Elisa es sobrina de Josefina de la Torre, poeta relacionada con la Generación del 27
Sebastián de la Nuez
Sevilla es una ciudad mudéjar, cristiana, gótica y festiva al mismo tiempo. Elisa de la Nuez de la Torre abandonó las Canarias porque se enamoró de un sevillano y se vino a vivir a esta ciudad hace muchos años. Ahora, viuda en su recogimiento, recuerda y vive. Tiene tres hijos varones y siete nietos. Su piso es más bien un museo de la memoria con un platillo volador en medio de la sala, la TV pantalla plana. Enorme.
Elisa fue feliz durante Franco, ¿por qué no habría de serlo, si coincidió con su desarrollo como cantante lírica y sus amores de juventud? Elisa, vida mía, estampa de la España que va de retiro dejándose la piel del pasado sobre las estanterías del recibo o colgada en sus paredes, en algún álbum familiar o gaveta.
Se mecía en el regazo de una dictadura y ni se dio cuenta («fui feliz, estaba en mis estudios y mis enamoramientos»). Como muchos españoles, apenas habrá entrevisto lo que para otros fue exilio, tortura y tragedia mientras su cotidianidad de entonces permanece envuelta en tibios detalles.
Se los ha traído hasta el presente, los detalles, en forma de objetos o disfrazados de amables fantasmas danzantes. Por allí debe andar cantando a todo gañote Alfredo Kraus arias de Verdi.
En la sangre de Elisa vino arte y sensibilidad (su madre enlazaba con los Millares, estirpe de músicos y poetas), familia acomodada de las islas gracias a la cual tomó clases con el compositor y violonchelista catalán Joan Pich Santasusana. Y tuvo Elisa una carrera exitosa como soprano, muchas veces actuando junto a la Filarmónica de su ciudad natal, Las Palmas de Gran Canaria.
No todo fue risueño: aparece la pistola en manos del padre aquella tarde en que entró por la cocina. Sus padres se llamaban Pablo de la Nuez Aguilar y Elisa de lo Torre Millares.
Cierto día iban en el coche familiar, un Marmon, de excursión al Faro de Maspalomas, que por entonces no era sino eso, el faro, sin mayor atractivo; en el camino, Pablo, por probar, estacionó al borde de la carretera, sacó el arma y disparó hacia las rocas. Un estallido de espanto.
También hay ausencias en su memoria. Como la de Bernardo, el hermano con problemas, desaparecido hace treinta años o más quizás entre lamas que se lo llevaron al Tíbet. Y hay también una tragedia, el joven pariente fallecido en circunstancias misteriosas: no desea dar más detalles.
El franquismo le arrebató el Marmon a la familia. Era una vieja marca fundada en 1902 en Indianápolis, que pasó a llamarse luego Marmon-Herrington y después Marmon Motor Company de Denton, Texas. Pablo era secretario de Obras Públicas y ya no tenía edad para ir a la guerra pero su coche sí. Y lo bajaron del Marmon un día cuando iba por la calle León y Castillo. El ejército franquista lo necesitaba.
Cuando terminó la guerra, avisaron que venía de vuelta en un barco. Fue toda la familia al Puerto a recoger el coche pero no lo reconocieron. Venía todo pintarrajeado de marrón y verde, un camuflaje. Estuvo varios años en el taller del mecánico Padrón esperando piezas que ya no se conseguían.
A la abuela de Elisa, Francisca Millares Cubas (viuda de Bernardo de la Torre), la pescó la guerra estando en Madrid y tuvo que refugiarse en la embajada mexicana. Ella con su hijo Claudio de la Torre y las hijas, entre ellas Josefina quien, en ese momento, era novia del hijo del embajador de México; el muchacho fue quien aconsejó el refugio diplomático.
Después los metieron en un autobús hacia Alicante. Desde allí, un barco a Marsella; y de Marsella a Las Palmas. En Canarias madre e hijos se sentían seguros porque era un sitio tomado completamente por el franquismo.

Josefina de la Torre (de una foto enmarcada en la pared de la casa de Elisa).
Josefina, quien hoy en día es valorada como poeta (falleció en 2002), fue captada como enfermera para que atendiera a los heridos de la guerra. Elisa dice que todos los heridos se enamoraban de ella. Al parecer, existe una biografía sobre ella. En todo caso, hay información sobre sus diferentes dimensiones artísticas en internet. Elisa heredó todo: sus recuerdos, su diario. Lo legó al Museo Pérez Galdós, en Las Palmas.
De Josefina es Poemas de la isla. Fue una de las dos mujeres relacionadas con la Generación del 27. Como ella, su sobrina Elisa representa unas horas asiladas, aquellas a las que alude en uno de sus versos:
Las horas son iguales / que aquellas de mi ausencia: lentas, precisas, mudas / en orden de asiladas.
¿Enmudecerán los detalles de este piso que marcan las horas precisas de una vida, cuando Elisa ya no esté? ¿Quién escribirá sus páginas posteriores, aquellas que ella dejará en el aire estrecho de estas habitaciones más oscuras cada tarde?

Alguien hablará sobre una mujer de gran voz que dejó todo por el amor de un sevillano; pero los datos duros no traen aromas ni tesitura; no comunican los internos códigos de las querencias, sucedidas de realidad o imaginadas de sueños. La vida no es una acumulación de cifras y cronologías. La vida es un verso de la tía Josefina o una noche con la Filarmónica y el mano a mano con el tenor Kraus: lo que conservará siempre un color especial, como Sevilla.
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Estamos llenos de esas historias,de esas personas que nos preceden. La vida de personas como la tía Josefina tal vez no queden en internet pero sí en la memoria de los seres que se encontraron con ella. Me recuerda a mi bisabuela, cuya inocencia la protegía siempre de toda adversidad en el entorno. Mil saludos a ella, desde este lado de la red.