Una exposición interesante y bien montada en ese edificio que tiene un jardín vertical —sí, vertical— en su fachada (Paseo del Prado #36, Madrid). Una retrospectiva ambiciosa y apretada del icono del pop art nacido en Pittsburgh y entronizado en Nueva York entre los sesenta y los ochenta. La muestra lleva por nombre «Warhol, el arte mecánico»
Sebastián de la Nuez
Andy Warhol es una discoteca con luces estroboscópicas donde los gays de los setenta y ochenta, en Nueva York, salen de sus armarios, se descubren a sí mismos, se restriegan mutuamente mientras bailan. Suena Donna Summer a todo volumen. O, mejor, Velvet Underground & Nico.
Genio de la autopromoción mirándose al espejo que diseñó para sí mismo y para su corte de fanáticos, ganó dinero muy capitalista y prestigio dentro del sistema que criticaba y que le permitió ser quien era. Puro onanismo, pura condescendencia. Supo proyectar como nadie cierta luz fuerte sobre el tono consumista, deshumanizado e hipócrita que ostentaba, como un galardón, la sociedad estadounidense.
Fue un emprendedor de notable personalidad: glamoroso, amigo de Deborah Harry, Lou Reed y David Bowie. Un cineasta aburrido. Un artista probablemente sobrevalorado (pero no importa, porque de todos modos es un icono y abrió caminos). Manejaba la plasticidad del acrílico, el fotomatón, la Polaroid, la sobreexposición, la repetición, el dibujo a mano suelta sobre cualquier superficie… el helio. En la exposición abierta en CaixaForum de Madrid (un esfuerzo mancomunado con el Museo Picasso en Málaga) flotan o vuelan hacia el techo de una salita sus almohadas plateadas. Puedes jugar con ellas como jugó Warhol y su gente en La Factoría. La joven de uniforme que cuida la salita, dominicana o peruana, protesta porque los visitantes a veces pinchan las almohadas de Warhol adrede, por hacer la gracia.
En la sala frente a la de las almohadas voladoras, enjambres de afiches y carátulas de discos en vinilo, muchas de ellas harto familiares, millonarias en ventas: Rolling Stones, Smiths, Velvet Underground, Aretha Franklin, etc.
Uno, desde el punto de vista de quien ha crecido en el extrarradio de la cultura pop, ve a Warhol como un tipo creativo pero, seguramente, con escaso interés en las escuelas tradicionales del arte. Más proclive a la Avenida Madison que al Museo Metropolitano. En la portada del catálogo que acompaña a la exposición de La Caixa (hecho en forma de panfleto en papel periódico, el aspecto de los semanarios alternativos neoyorquinos), José Lebrero Stals apunta su universo multicromático, poliédrico, multidisciplinar. Dice que la autorrepresentación se convierte en una pieza más de su repertorio artístico.
Es cierto, por supuesto que es cierto. Llevado al extremo práctico, su vocación por la pose ante el objetivo de una cámara. En la muestra de La Caixa hay un espacio de solo retratos que le hicieron a lo largo del tiempo los fotógrafos más renombrados. Lo rodeaban y lo adoraban, y él, como buen narciso, posaba.

La moda, el canon de belleza, la repetición.
Ayer miércoles 8, temprano en la tarde, un señor llevó a su hijo a ver la exposición. Unos 16 años o algo así. Despiste propio de quien se estrena en estos mundos. Estaban en la sala con la enorme pistola calibre .22 tintada de rojo, en acrílico. Una silla eléctrica del lado opuesto más una enorme calavera, el registro de frente y de perfil de un delincuente y la mancha de orín famosa en la otra pared. Todo eso y el padre le explicaba algo sobre la calavera pero era inútil. El joven se interesaba a veces sí y a veces no; su móvil lo distraía, no dejaba de interrumpir groseramente sus intentos de ponerle atención al padre de coronilla descubierta.
¿Qué le dirá a estas nuevas generaciones aquel que supo, como nadie, sofisticar irónicamente la imagen de la violencia y el sexo, pintar sarcasmo en lo cosmético, ponerle superficialidad plástica a lo de por sí superficial…? Lo suyo era lo precario repetido, lo prefabricado, lo fotocopiado, lo volátil, lo efímero, lo mercadeable. Inmortalizó la preciosa vivacidad efímera del rostro eterno de una Marilyn, una entre tantas que hubo. La realidad iba por otro camino. Eso hace el arte, ir por un camino diferente a lo fáctico, a lo real tangible.
![Andy Warhol, un rubio con gafas en CaixaForum Una exposición interesante y bien montada en ese edificio que tiene un jardín vertical —sí, vertical— en su fachada (Paseo del Prado #36, Madrid). Una retrospectiva ambiciosa y apretada del […]](https://hableconmigo.com/wp-content/uploads/Andy_6376-620x250.jpg)


Deja una respuesta