Ver la belleza de cada sitio

Karmele Leizaola el 26 de mayo de 2018 en un café de Las Rozas, Madrid.

Karmele Leizaola es una leyenda del diseño de medios impresos. Partió desde cero, a los 16 años, en la revista Élite de la mano de personajes fundamentales del periodismo y las artes gráficas (uno de ellos, su propio padre); alcanzó fama entre las nuevas generaciones con su desempeño en Economía Hoy y El Nacional en los años 80. Conversadora, fumadora, buena persona y rigurosa en su oficio, crio a cuatro hijos que, cada uno en lo suyo, de alguna manera siguieron sus pasos. Hoy en día, retirada en un pueblo de la comunidad de Madrid llamado Las Rozas, se ilusiona con la visita de los antiguos amigos que trabajaron con ella, y a pesar de que a veces se le esconden los recuerdos, conserva en su corazón los chispazos de una época que, desde el presente, luce idílica. Este es un resumen de una conversación con ella en Caracas, el 16 de abril de 2011 en casa de su hijo Txomin Las Heras. Ella vive actualmente con Eneko, el hijo caricaturista y pintor que colabora con la popular revista El Jueves

Sebastián de la Nuez

Su padre llegó en 1940 a Caracas. Dejó al resto de la familia en Francia, mujer y ocho hijos aguardando en el sur de Francia, una región no muy distinta de su País Vasco. La familia no viajaría al Nuevo Mundo sino en 1945, y para hacerlo tuvo que devolverse a España y, de allí, tomar el barco rumbo a Venezuela. En Francia había alemanes metidos en la casa donde se hospedaba la familia. Pero Karmele la recuerda como una época idílica; nunca les faltó comida. Las cartas del padre llegaban vía contrabandistas, explicándole a la madre cómo era Caracas, sus calles, sus faroles. Dice Karmele que era muy poeta. «Él sabía ver la belleza de cada sitio, eso es lo bueno de él». Se llamaba Ricardo.

Ella era muy apegada a su padre, y soñaba  todas las noches que su padre había vuelto. Se despertaba y, desilusionada, se daba cuenta de la realidad. Era un sueño recurrente y por fin hubo un sueño en el que aita, esta vez de verdad, había vuelto. Esa vez fue la última.

Primero trabajó en La Esfera con el pretexto de su cámara Leica. Pero el consulado español estaba muy pendiente de todos los vascos que habían venido y le dijeron al dueño pro alemán del diario: “A ese señor lo botas”. Lo suyo no era la fotografía, aunque sabía la técnica. No sabe muy bien Karmele cómo fue pero lo cierto es que Ricardo dio con don Juan de Guruceaga y entró a trabajar en Tipografía Vargas. Y fue gracias a Ricardo que la tipografía alcanzó un auge y una modernidad hasta convertirse en una de las empresas más importantes en su género del país. Ricardo fue el autor, entre otras cosas, de la implementación del huecograbado en Venezuela.

Un militar perezjimenista –había sido presidente del Banco Obrero− se trajo una maquinaria alemana con todo y sus alemanes operarios. Al tiempo tuvo que venderla porque no supo manejar el negocio. Por consejo del padre de Karmele, la compró don Juan. Esa maquinaria quedó en el solar que todavía está de Miguelacho a Tracabordo. Karmele dice que el solar está vacío. Don Juan murió y con él se perdió todo ese legado de la Tipografía Vargas.

Antes de caer Pérez Jiménez, Karmele entró en Momento, dirigida por Ramírez McGregor y por el hermano de Carlos Rangel, José Antonio. Karmele recuerda que se divertía mucho con Gabriel García Márquez. «Él escribía muy bien pero cuando le daba la gana». Siempre se acuerda de lo que decía el Gabo en referencia a su estadía en Francia: «Es que en París creían que yo era un pied-noir» por su aspecto zarrapastroso. Pero eso sí, dice Karmele, se acordaba mucho de su novia que había dejado en Colombia, Merche. El día en que cayó Pérez Jiménez desaparecieron todos los jefes y el que sacó la cara en la revista fue Plinio Apuleyo Mendoza (quien había reclutado al Gabo). Estaban tratando, él y el Gabo, de hacer un reportaje sobre un argentino  que había llegado al país para trabajar con la Seguridad Nacional. Y andaban buscándolo en la calle, tratando de entrevistarlo. Ya la portada estaba preparada para esa entrevista. Pero sucedió lo que sucedió y Plinio se quedó solo. Nunca se escribió ese trabajo.

La familia Leizaola vivía en un edificio nuevo de la avenida Urdaneta, y desde allí había vista sin cortapisas de cemento hasta el Nuevo Circo, de modo que don Ricardo vio desde el balcón que estaban quemando autobuses. Un gran jaleo.  Llamó a Plinio y le dijo que trajera a Karmele a casa, ipso facto. Y le dio instrucciones por dónde pasar para evitar los disturbios.

Karmele dice que el Gabo era un periodista sui generis: se apoyaba en su mesa de dibujo, en la redacción de Momento, y le echaba los cuentos que estaba ya escribiendo para Cien años de soledad. «Era muy expresivo. Gozaba un puyero con él». Solían ir los tres a una taguara por Boleíta, cerca de la redacción. Llegaba a veces, muy serio, Eleazar Díaz Rangel para entregar sus trabajos de deportes. Se acuerda de ver al general Juan Domingo Perón en Tipografía Vargas, sentado en la oficina del padre de Karmele. Algo quería pero nunca supo qué ni le interesó. Con su perrito.

También estaba allí Paul De Garat (también vasco, su nombre verdadero es Alberto Elósegui Amundarain y hacía artículos y crónicas).

Plinio y Gabo estaban muy al tanto de la actualidad y fueron un día al arzobispado a ver a monseñor Arias. Gabo comentó la gran diferencia entre los caraqueños y los cachacos: habían ido allá y entraron como Pedro por su casa, sin ninguna antesala. ¡Qué diferencia con la cosa prosopopéyica de los colombianos!

Gabo vivía en un apartamento de San Bernardino, en el edificio Roraima. Karmele recuerda las lluvias torrenciales en la Caracas de la época «…y él hizo una novela con eso, ¿me entiendes? Plinio le dio para hacer ese reportaje. Era Plinio el que lo ponía al tanto de todo porque él sí conocía esto. Plinio también se metía en la diagramación. Tenía unos conceptos que a mí me sirvieron una barbaridad. A mí nadie me había dado una clase de periodismo. Y para diagramar tienes que saber periodismo. Claro, como he mamado desde lo malo hasta lo mejor…»

Porque Ricardo Las Heras simplemente le había encargado de la diagramación, al principio, diciéndole que siguiera lo que antes hacía otro que en realidad no era diagramador sino dibujante. Claro, le conseguía revistas para que se fijara, como LookLifeParis Match. Dice Karmele que su padre, por lo demás, también tenía muy buen gusto estético.

Mi madre, pues… La eterna enamorada de mi padre. Todos lo comentábamos. ¡Llegar a la edad que ha llegado y seguir enamorada!

Se llamaba María Apizaco. Tenía dos hermanos jesuitas y una hermana monja. No los conoció en su casa pues, cuando ella nació, ya estaban ellos en su vocación. Era mucho más pequeña que sus hermanos.

Trabajaban mano a mano, un escritorio junto a una mesa de dibujo. En Tipografía Vargas no había oficinas delimitadas.

TESTIMONIO DE UNA DISEÑADORA HECHA EN LA PRÁCTICA

«Llegué en el año 45 a Venezuela, soy mucho más venezolana que tú. A mis compañeros de trabajo les decía que yo era la más caraqueña. Llegué un poco antes de la caída de Medina. He vivido toda la época de la democracia y la de Pérez Jiménez, por supuesto. Ahí cayó la primera democracia. Yo ya estaba trabajando en el periodismo, antes de que entrara Pérez Jiménez. Tenía 16 años. Me vine con toda mi familia. Mi papá ya estaba aquí. Somos ocho hermanos.

»Mi padre fue el gerente de la Tipografía Vargas por lo que yo empecé a trabajar de manos de mi papá. Estuve yendo como dos años al colegio San José de Tarbes. Nos pusieron allá a las tres hermanas mayores. Nosotros realmente no nos vinimos de España, durante todo el tiempo de la Guerra mi papá estaba aquí y nosotros en Francia. Yo tengo los estudios mayormente franceses. En el sur de Francia. En los bajos Pirineos. Pasamos por España para poder venir aquí, mi mamá tardó como un año en hacer todos los papeles. Salimos de Francia cuando los alemanes estaban cayendo, estaba terminándose la guerra pero todavía estaban ahí. En el viaje de España para acá, estando nosotros en el barco en Trinidad, fue el final de la Guerra Mundial, estaban los ingleses ahí en Trinidad. Estábamos en el barco y supimos que había caído la bomba de Hiroshima, y se terminó la guerra ahí. Así que llegué a Venezuela exactamente en el 45 cuando ya la Guerra Mundial terminó. Parte del bachillerato lo hice en Francia. De España salí el 36, por la guerra con Franco, hasta el 44 viví en Francia y luego, del 44 al 45, volvimos a España y luego para acá. Yo me acuerdo muy bien de esos años, era muy pequeña pero recuerdo que en el colegio, en Francia, había por lo menos una niña judía y ella no salía ni siquiera de vacaciones, estaba como escondida ahí.

»Cuando llegamos, nuestros padres nos consideraban todavía muy niñas para trabajar y por eso nos metieron en el San José de Tarbes pero yo no pude terminar el bachillerato, mis estudios fueron muy cortados. Tengo una educación buena porque la francesa era muy buena. Hablo francés, español y vasco. Vasco fue mi primera lengua. Un poco como los judíos. Siempre recuerdo a un cura vasco que decía: “Yo de no haber sido vasco me hubiera gustado ser judío”. Total que el mundo está bien revuelto hoy también, porque uno cuenta esas cosas de antes pero cuándo se irá a arreglar ese problema en el medio oriente, sabe Dios. Uno se queja de lo que está pasando aquí. El San José de Tarbes de Carmelitas era un técnico, era para tenernos un poco entretenidas, y como eran monjas francesas…

»Entre las hermanas, mi papá me escogió a mí para llevarme con él a la tipografía. La Tipografía Vargas era muy importante. Era donde se editaba la revista Élite. Era de don Juan de Guruceaga, quien siempre había tenido una editorial. En esa primera época, entre el 47 y el 48, la revista Élite siempre se había impreso en el sistema offset, y mi papá era el hombre de confianza de don Juan porque fue quien le transformó la imprenta para cosas nuevas y de mayor alcance. Élite era la revista nacional de más importante porque tenía circulación nacional. Cambió el sistema de offset para huecograbado. Mi papá se trajo las máquinas de Estados Unidos. Mi papá había sido impresor en España. Conocía muchísimo de impresión, entonces se traía máquinas viejas de Estados Unidos y las montaban aquí porque no tenían mucho dinero. Venezuela no era como ha sido después. Sabía montar y desmontar una máquina. Él introdujo el huecograbado en Venezuela, ese fue el primer huecograbado que funcionó para una revista ilustrada en el país. El sistema era mucho más rápido y de mejor calidad. Él se vino con su máquina de fotografía, era su hobby, nos sacaba fotos bonitas. Primero consiguió un trabajo en un periódico que era muy germanófilo, don Juan era anglófilo. Lo botaron por ser vasco, porque nos trataban de comunistas. Don Juan era amigo de todos los escritores, de todos los que habían sido antigomecistas. Todos esos trabajitos de la época de la democracia los hacía yo.

»Anteriormente no se estudiaba eso, no había escuela de comunicación o de diseño. Hasta ese tiempo los artistas hacían ese trabajo pero por supuesto no a nivel de periodismo, no había ninguna idea. Mi padre me conseguía revistas de afuera. Yo no tenía ninguna preparación, veía y miraba y estudiaba por qué me gustaban las cosas. Siempre se aprende lo que a ti te gusta si lo miras bien. Me fijo mucho en el diseño de las cosas. Era muy primario todo. Los mismos directores que trabajaban conmigo no tenían ni idea de eso. Lo más importante es entender el concepto de una cosa, de por qué sí o por qué no. Plinio Apuleyo Mendoza me enseñó los conceptos buenos. Trabajó en Élite conmigo.»