
Interior de Librería Alemana (cortesía de C.T.).
La vida en la calle de Oscar Todtmann antes de estirar la pata a los 63 años se componía de tres excursiones a la semana: al banco, al mercado y al correo. El viejo Todtmann, acicateado por su mujer Dita, fue clave en el desarrollo de Librería Alemana: uno de esos sitios emblemáticos de Caracas, junto a la tienda de exquisiteces Frisco, que también ha desaparecido en estos tiempos desgraciados
Sebastián de la Nuez
Una vez, el connotado librero Herbert Ludwig Friederichsen visitó Caracas en busca de representante para distribuir y vender libros alemanes en Venezuela. Esa estadía la aprovechó la impetuosa Clarita Behrens para espetarle «¿y por qué no te quedas tú mismo a vender los libros alemanes en Venezuela?», a lo cual el interpelado se negó. No le veía el queso a la tostada. Al país o, con mayor precisión, al negocio.
Tenía buen olfato para el queso el viejo zorro librero —sobre todo tomando en cuenta lo sucedido a partir de 1998— a quien no le había ido mal en absoluto durante el régimen de Hitler.
En las tertulias de la colonia alemana en Caracas, a principios de los años cincuenta, Dita (ver «La Librería Alemana, ¿también ha muerto?») vende los libros que ya se ha leído. Los recomienda a las señoras, desde su perspectiva emprendedora empieza a verle el queso a la tostada al asunto. Este criollismo tiene su correlato en alemán, de allí su uso por parte de los Todtmann.
De modo que Dita pide más libros a su distribuidor en Alemania. Le envían un catálogo y ella, a partir de entonces, hace sus pedidos más exactos. La cosa comienza a funcionar. De Dr. Zhivago vende ochenta ejemplares. Se da cuenta de que hay algo que puede construir. Su suegra la conecta con Hans Weisz, un caballero judío con una imprenta muy importante: Cromotip. Cromotip en Venezuela marcaba la pauta en diseño. Weisz tenía una casa en la urbanización Las Palmas y estuvo de acuerdo con la idea de la librería. Ofreció su casa. Dice Carsten, heredero de los Todtmann:
Mamá arma la librería y le dice a mi papá que renuncie al seguro o se divorcia. Papá era un personaje muy cohibido, muy afectado por lo que había visto [en la guerra], un hombre de muchos miedos, muy inseguro.
Si hubiera sido por Oscar, se habría conformado con un empleo por el resto de su vida. Que lo dejaran en paz. Pero Dita llevaba por dentro el empuje necesario; venía de una familia pudiente, que se codeaba con los Blohm y los Vollmer: ¿por qué no alcanzar esas mismas alturas? Cuando nace Carsten en 1951 se funda la librería en la casa ofrecida por Weisz y el judío apoya a los Todtmann cobrándoles un alquiler modesto. Un buen día les ofrece en venta la casa. Acababa de comprar una máquina de impresión para Cromotip, se había endeudado y necesitaba el dinero. Relata Carsten:
Una vez más mi papá con sus miedos, su timidez y sus angustias existenciales, desanima a mi mamá. Aunque ella dice «vamos a visitar a los parientes para que nos ayuden y nos consigan un crédito», manda a mi papá, y papá lo hace de una manera tan enredada que ninguno le ofreció nada. Además, todos estaban comprándose casas.
Total que deben mudarse y lo hacen a la calle La Línea, muy cerca de donde estaría la librería después. Había un pequeño jardín infantil en el patio trasero. Dita emprende el ramo de la juguetería, importa mercancía alemana y sueca. Y el comercio va viento en popa hasta que otro buen día llega un tractor y se lleva el jardín de adelante, lo masacra… Al parecer, no hubo un aviso por parte de la persona que alquilaba la casa, uno en el cual supuestamente advertía a los inquilinos de que debían pagar el alquiler hasta el último día del contrato. Nunca hubo indicación sobre desalojo. O sea, hubo un malentendido. Carsten describe el episodio como «ese desorden horrible del tractor, los gritos y la cosa». El asunto del tractor sucede aproximadamente en 1955, cuando la dictadura construye la avenida Libertador. La colonia alemana interviene y un amigo en particular logra negociar la mudanza.
Los Gathmann, otra familia alemana, alquilan a la pareja Todtmann una casa en San Rafael de La Florida. Bastante amplia, se dividió de este modo: el piso de abajo, librería; la juguetería, piso alto. Doce años allí al cabo de los cuales Ana María Gathmann, dueña del inmueble y casada con Arturo Úslar Pietri, presiona a los Todtmann «de una manera bastante desagradable» para que desocupen. La cuadra entera sería arrasada para construir un complejo de town houses.
En una semana santa, Dita va a la tienda Frisco a buscar los huevos de Pascua y se percata de que el local contiguo está en venta. Ni corta ni perezosa empuja nuevamente los acontecimientos y la librería se muda al centro comercial Libertador.
Vienen otros tiempos. Durante el gobierno de Jaime Lusinchi se prohíbe la importación de juguetes. Los Todtmann tratan de mantener un pie del equilibrio comercial con juguetes artesanales venezolanos, pero no hay suficiente producción criolla. Llega la otra parte de la historia, cuando el hijo comienza a tomar protagonismo.
LA EDITORIAL EN CIERNES
A los 18 años, tras el bachillerato, Carsten albergaba ilusiones de cowboy: no en balde se había graduado en el Colegio Americano. Su mira de ganadero apuntaba hacia Texas, no Berlín ni Hamburgo. Sin embargo, su padre lo convence y en un almuerzo con Edgar Friederichsen y el editor Heinrich María Ledig-Rowohlt —heredero de Ernst Rowohlt, quien había fundado en 1908 la Rowohlt Verlag, en Leipzig— acepta seguir un curso de aprendizaje en la Editorial Rowohlt, pionera en la producción de libros de bolsillo hechos en prensa rotativa.
Después de dos años de aprendizaje se traslada a Berlín para trabajar como voluntario en la librería técnica Kiepert, una de las más grandes del mundo. Luego quebró pero fue, en su tiempo, enorme. Había ciento veinte empleados de los cuales cien eran libreros atendiendo al público. Allí permanece un año. Regresa a Caracas y entra a Lectura durante seis meses bajo el mando de Arturo Garbizu, el inestimable librero español. Luego, tres meses en ABC, cerca del cine Canaima, el de las películas en cinerama. Ambas librerías son propiedad de Stephan Gold. Garbizu lo impresionó como librero, a Carsten.
Luego, logró a través de palancas («que en Alemania no se debería», acota) asistir a la Escuela Superior de Libreros en Frankfurt durante seis meses, ocho horas al día. Muy agradable todo: los profesores, los directores, las charlas… Fue una época muy intensa, hacia 1974. Es una escuela —cuyo nombre no recuerda, o al menos no lo recordaba la tarde de la entrevista en 2015— situada en Seckbach, un distrito de Frankfurt. Egresó con el título de assistent in buchhandel o asistente de librerías. Regresó a Venezuela y se dedicó a trabajar con el padre. Lo ayudaba, como también ayudaba su hermana Christiane, quien estudió Filosofía en la Universidad Central.
Oscar enferma, nunca llega a recuperarse y muere a los 63 años. Quedan encargados los hermanos Todtmann y Helga Hasenbusch, esposa en aquel entonces de Carsten, del negocio familiar.
¿Qué decía el viejo Todtmann de Venezuela? Quizás no mucho. Se desenvolvía en una burbuja. Carsten dice que uno debe imaginarse aquella gran colonia alemana: los niños eran confirmados en una iglesia y en cada ocasión se sabía que familiares y amigos marcharían a comprar libros para regalárselos a los jóvenes. Los luteranos se confirman a los 15 años.
—Oscar no intercambió mucho con los venezolanos, ¿no?
— Se adaptó al país, lo quiso mucho, pero no salía casi nunca de su casa. Nos llevaba al colegio y nos buscaba durante la primaria. En la secundaria nos llevaba en la mañana y nosotros teníamos que ver cómo nos regresábamos. Su español era el verbo presente y los demás tiempos verbales no era que lo entusiasmaran mucho.
—¿Cómo era su vida cotidiana?
—Mi papá iba una vez a la semana al Banco Venezolano de Crédito en Sábana Grande. Después, una vez a la semana también, al mercado Guaicaipuro. Corría por ahí, todo el mundo lo conocía. Tenía un orden: primero las papas, luego las cebollas y por último la lechuga para que no se aporree. Corría y siempre eran los mismos puntos y las mismas personas. Lo mismo en la oficina del correo, en la quinta de San Bernardino. Los paquetes de la librería llegaban y se colocaban en el segundo piso, en la bañera. Llegaba con el Volkswagen, tocaba dos veces la corneta, gritaba «Todtmann, Todtmann» y subía a buscar sus paquetes. Cargaba el bulto postal y listo. Eso se mudó para Caño Amarillo y para allá también íbamos a buscar paquetes. Después, cuando lo cambiaron a San Martín, tiró la toalla. Por barco, que era lo más barato, los paquetes tardaban un mes desde Hamburgo a La Guaira. De La Guaira a San Bernardino subían en tres días y ahí nos llamaban y los recogíamos. Al final, en el gobierno de Rafael Caldera, los libros llegaban a San Martín, a una nueva instalación grandísima, y tardaban de ahí a la avenida Libertador seis meses. Primero tenías que esperar a que te llegara un aviso, después debías llenar un montón de planillas y entregarlas, luego revisaban esas planillas y te daban una cita…
—¿Qué hacían ustedes, la familia alemana, en sus ratos libres?
—Mi padre no salía, no le gustaba ir a la playa. Tenía que haber un evento muy convincente para animarlo. Asistía, sin embargo, a recepciones o cocteles en embajadas. Practicaba las relaciones públicas. Por su parte, Dita recibía a muchos alemanes recién llegados, les ayudaba a buscar trabajo. La de los Todtmann era una dirección obligada, lugar donde cada quien recibía su primer apoyo. Dita terminó siendo madrina de un montón de niños nacidos en el país. Murió a los 78, quince años después que Oscar. Siguió en la librería. Fue una gran librera.
—¿Cómo era ella?
— Leía mucho más que papá. Tenía un gran amor al oficio. Era muy cariñosa, muy buena vendedora también, y decía mi abuela que ella era como el paño de lágrimas de la colonia alemana… cualquier divorcio, cualquier cosa, venían a llorarle.
TIEMPO DE BONANZA Y CARNAVAL
En su época, Oscar y Dita atendían todos los días la librería juntos, con muy pocas excepciones. Una vez al año viajaba Dita a Alemania y se quedaba dos meses, y al siguiente año le tocaba a Oscar. Se dieron sus gustos, tuvieron su tiempo de bonanza y alegría. Cada dos años se hacía una gran fiesta de carnaval en casa de los Todtmann. La propia casa era disfrazada con un motivo particular. La gente debía pagar una contribución y el bochinche duraba toda la noche. Se organizaron primero en la casa de La Línea y después en La Florida, y eran unas fiestas sensacionales que se recordaban años después.
Carsten relata en sus escritos que la casa familiar se llenaba de actores —venían como parte de una gira al Teatro Nacional, y de paso se divertían— y con ellos y muchos otros se armaban los encuentros más divertidos y festivos de la temporada, amén de las fiestas de carnaval, que constituían un acontecimiento para los amigos y clientes de la librería. El hogar propiamente dicho se convertía en una especie de embajada donde el visitante debía presentar como autorización de entrada una imitación de un pasaporte. Cada uno de los espacios de la casa se transfiguraba. Por ejemplo, estaba el salón de café al estilo vienés exclusivo para intelectuales; el área de la librería, delimitada con grandes telones rojos cubiertos de escudos, se destinaba al disfrute del baile clásico; el patio de la batea aparecía adornado de grafitis y congregaba a los invitados con mayor gusto por lo etílico.
Oscar era amigo de embajadores, curas y pastores. Formaba parte de una especie de cofradía y resultaba él tan prominente como el cura o el embajador.
Los textos escolares del colegio Humboldt los importó Oscar. En realidad, Dita salía menos a la calle, ni siquiera manejaba; las amigas la llevaban al Club Hípico junto a sus hijos para que se bañaran en la piscina. Su español era bastante deficiente pero a fin de cuentas no le hacía falta: la familia vivía dentro del útero de la colonia alemana, una colonia próspera, grande e importante.
Oscar morirá en Alemania durante unas vacaciones. Fue incinerado. El pastor que se ocupó de la ceremonia había ejercido su oficio en Venezuela. En el sermón contó cómo conoció a Oscar. Un día llega a la librería, aparentemente está vacía. Oye unos gritos en el patio y se dirige hacia allá. Hay un señor colgando ropa a secar. Es Oscar Todtmann. Se presenta, dice que es el nuevo pastor y que viene a saludar. Oscar responde:
—Perfecto, entonces agarre la cesta y ayúdeme a colgar la ropa.
CARSTEN EDITOR
Carsten comienza a jugar al editor tan temprano como en 1974, con la obra Fascinante Venezuela. Había recorrido el país con sus tíos, con sus padres. Conocía todas las regiones y pensó que algo así hacía falta. Atisbó una oportunidad de mercado. Ya había terminado el curso de librero y estaba trabajando. Deseaba pasar un año en Londres o Nueva York y otro en Ciudad de México para conocer mejor el mundo librero, pero el padre ya se encontraba débil, Dita tenía miedo y quería al hijo cerca.
No me atraía tanto el trabajo de librero. Lo sé hacer, me parece divertido, pero había soñado con ser editor.
A partir de 1974 arranca la editorial Oscar Todtmann. Como el padre le prestó el dinero para el primer libro, casi todos sus ahorros, en honor a él la editorial llevaría su nombre. Dice:
Fue bonito: cuando por fin teníamos los libros, cinco mil ejemplares metidos en un cuarto de servicio que no se usaba, papá se les queda mirando y dice «ahora hay que venderlos». Me llevó para La Yaguara, donde un judío tenía una tienda dfluxes. Me compró dos por el precio de uno.
Terminó de empresa en empresa con el libro bajo el brazo. Hablaba con las secretarias pero no solía pasar de allí; hasta que al fin logra entrar a la oficina de un gerente. Aprovechó su suerte. Luego, casi mil libros en dos semanas colocados en varias firmas alemanas que lo recibían, en buena medida, gracias a su apellido.
Sus sobrinos Oscar y Tomás León se quedarían, mientras tanto, con la administración de la librería en la avenida Libertador pero ya jamás sería ni la sombra de lo que fue.
— ¿Le entusiasmaría hacer una nueva librería?
—No sé si a mi edad… Hacer una librería no es difícil, ser librero sí lo es. Un librero es diez horas al día de presencia, de entusiasmo, de poner vida y pasión en ese asunto. La gente de hoy no va para una librería. Ahorita en Alemania las cadenas de librerías tienen problemas serios; Amazon les da palo. Las únicas que están sobreviviendo son las pequeñas porque tienen a un librero que es un punto de referencia. La tienda misma puede ser un caos, no sé si recuerdas que en el edificio Galipán había un tipo que ponía los libros en pailas, pero funcionaba porque era un personaje.


Buenísimo. Creo que conocí a Carsten el sábado pasado…