La Steele’s Book Store, modesta pero cumplidora

Solariz y su hija Maureen frente a su librería, en diciembre de 2014.

Cada quien guardará, quizás, su propia imagen de una librería caraqueña donde encontró la guía clave para su primer año universitario o un poemario que fue bueno para conquistar su primer amor. Podrán tejerse miles de historias, y siempre quedará alguna escondida, guardada en una memoria o en una gaveta. Aquí, una reseña del negocio familiar que llevó sobre sus hombros un caballero llamado Alberto Solariz 

Sebastián de la Nuez

Unos versos de Hanni Ossott hablan de esta casa tan bella, tan intensa, con un violín que sonaba / Esta casa sin nombre y el estanque para la mirada (…). Podrían semejarse algunas librerías, cómo no, a una estancia sin nombre e intensa con libros que seguirán sonando como violines cuando todo se haya difuminado alrededor.

Caracas, que acaba de cumplir 452 años, fue alguna vez una ciudad con grandes librerías. También las hubo modestas, menos vistosas, acaso hayan sido olvidadas. Había algunas con libreros de personalidad recia, que dejaron huella, pero en otras no. El espacio de unas quedó como referencia de encuentro cordial en un país en conflicto, lugares de tertulia donde hacer una pausa; en otras, nada más, la gente entraba a pedir algo en concreto y se marcha acto seguido.

Los caraqueños ya de cierta edad recordarán —además de Suma, Cruz del Sur. Humanitas y otras reseñadas en este mismo blog— La Politécnica, Washington, Naciente, El Palacio del Libro (que pertenecía a Ramón Díaz Sánchez y a su esposa, Isabelita) y aquellas ligadas a una lengua determinada como El Libro Italiano, La Francia, Librería Alemana o American Book Shop, que estuvo por último en los bajos del Centro Plaza convertida más bien en quincalla.

Un viejo y modesto librero de origen estadounidense a quien se lo comió el tiempo, Jack Brief, dueño de la Ateneo, sita hace décadas entre las esquinas de Bolsa a Mercaderes, compraba ejemplares antiguos en inglés en Viejo y Raro, donde el recientemente fallecido Rafael Ramón Castellanos había comenzado a ejercer el oficio.

Entre las menos famosas —pero la recuerda, por ejemplo, el poeta Joaquín Marta Sosa— estuvo La Mancha, fundada por libreros socialcristianos de izquierda (Néstor Coll, Pedro Paúl Bello y Pedro Raúl Villasmil) en el Centro Comercial Chacaíto, a nivel del estacionamiento. Se fundó a mediados del periodo de Jaime Lusinchi y duró unos dos años.

Los últimos ejemplares que le quedaron a la Steele’s Book Store.

Hubo otra tipo americano. La fundó Errol Malcolm Steele, natural de Trinidad, quien se instaló en la avenida Urdaneta y empleó en los cuarenta a un venezolano natural de San Joaquín, Alberto Solariz. Andando el tiempo la Steele’s Book Store pasaría a manos del criollo Solariz, quien la mudó a dos locales contiguos de una calle que conecta Sabana Grande con la Casanova, la Baruta, edificio María Auxiliadora.

Maureen, una de sus hijas —la otra se llama Clara—, calcula que ya en 1951 despachaba su padre en ese sitio donde habría de permanecer hasta bien entrado el siglo XXI, cuando ya no habrá revistas americanas, francesas e italianas importadas para vender al detal o por suscripción pero sí algo de pulp fiction en una repisa a la entrada a mano izquierda. Lo demás, papelería, artículos de oficina, vestigios de un negocio antes próspero.

Antaño, Solariz repartía los periódicos más populares de Estados Unidos en las petroleras y otras empresas americanas, así como los semanarios Time y Newsweek, entre otras publicaciones. Hasta 2014 le quedaban  libros de Susan Howatch, Beatrice Small y del Doctor Tortuga, lo último que le iba dejando la tempestad.

Terminó por cerrar y vender. Si el avisado lector pasa por la calle Baruta encontrará, donde antes estuvo Steele’s Book Store, una de esas taguaras donde reciclan cartuchos de tinta para impresoras. Si no es que también ha cerrado ya.

Fue un negocio familiar el de Solariz, con su mujer Rosa María Aranguren y su hija Maureen.

Hubo una época muy deprimida, antes, cuando la buhonería invadió la zona. Quienes acostumbraban visitar su librería le decían que les daba miedo ir o que no tenían dónde estacionar el carro. En la foto que acompaña estas líneas, Solariz, sosteniendo lo que parece ser un libro, posa frente a la ancha vidriera de su negocio —luego se redujo y se quedó sin vidriera—  cualquier soleado día de los setenta mientras las bombonas de butano esperan ser descargadas.