Hace 41 años, tal día como hoy, en una planta del edificio REX de la parte industrial de la urbanización La Urbina, en Caracas, los periodistas de El Diario de Caracas trabajaban a pesar del asueto. Al día siguiente, 2 de mayo de 1979, saldría a la calle el periódico por primera vez. En la imagen, portada de uno de los «Número 0» que se habían imprimido
Sebastián de la Nuez
Era un proyecto novedoso destinado a sacudir el marasmo de la Prensa venezolana. La sala de Redacción bullía de redactores y pasantes a las cinco de la tarde de aquel Día del Trabajador. Estaba de testigo y tomando notas Alba Sánchez, una joven que hacía su tesis de grado, precisamente, contando la historia del nuevo medio y sobre el cual tanto se hablaba. Sánchez comentó en medio de un corrillo:
—¿Ustedes se dan cuenta de que cada primero de mayo van a tener que trabajar como burros, porque al día siguiente saldrá la edición aniversario del diario?
Claro que al cabo de un año ya no estarían muchos de los que entonces estaban. La movilidad del mercado imponía la rotación del personal. Aun en medio de dificultades económicas, por lo general nunca faltaba trabajo en los medios. Los reporteros de El Diario comenzaron a ser muy solicitados poco después, debido al prestigio adquirido por este periódico que salía todos los días excepto el lunes, con 32 páginas. Desde el principio, incluso antes de aparecer, El Diario de Caracas se había convertido en una escuela del oficio.
El periódico se construyó gracias al ímpetu de un emprendedor, Diego Arria, quien contaba con el apoyo de la familia de su esposa, Tiqui Atencio. Sus ejecutantes, en la práctica, fueron tres argentinos y un uruguayo: venían huyendo de las dictaduras del cono sur, encontraron las puertas del país abiertas y, una vez traspasadas las puertas, también hallaron empleos de calidad. Venezuela era un enclave de prosperidad y democracia en el continente.
El periodista y escritor Tomás Eloy Martínez, que había acumulado una buena experiencia en La Opinión de Buenos Aires, fue clave en la Redacción, referencia de profesionalismo para quienes allí se iniciaron. Martínez sabía ganarse a su gente, conquistarla para la tarea, y la tarea era no quedarse con los hechos escuetos sino buscar más, buscar alrededor y en los antecedentes, hacer crónica o reportaje; dibujar con palabras a los personajes que eran noticia. Era jefe de Redacción, mientras que Rodolfo Terragno, quien llegaría a ser ministro de Raúl Alfonsín hacia 1986 y, mucho después, embajador argentino ante la Unesco, fungía de director. Además de Martínez y Terragno, otra figura de importancia era el economista Miguel Ángel Díez, quien más tarde fundaría la revista Número. El uruguayo Julio Blanco era el encargado de la parte técnica del proyecto.
El Diario, como fuente de empleo y experiencia empresarial, fue un éxito y aglomeró de manera creativa talento local y extranjero. Fue un proyecto realmente iberoamericano. Fue una tabla de salvación y un refugio, incluso, para los perseguidos de Pinochet.
Después, con el tiempo, decaería, se convirtió en otra cosa, pasó de unas manos a otras. Su historia y su significado todavía están por contarse.
La portada que acompaña esta nota es uno de los número 0, obra principalmente de Martínez y Terragno. El diseño del cabezal estuvo a cargo de Juan Fresán, otro argentino, del área publicitaria. Las gafas de un personaje, no necesariamente su rostro completo, podían ilustrar la declaración considerada de mayor significación, de la cual se tomaba una frase como título, expresada por Rómulo Betancourt en inglés (en alusión a la del general McCarthur tras una derrota en la Segunda Guerra Mundial), algo fuera de lo común en un hombre acostumbrado a llegarle a su pueblo de manera directa y algo folklórica. El editorial de este número 0, en la página 6, enfatiza en la vocación citadina que habrá de tener este diario:
Esta ciudad, vertiginosa y ecuménica, no puede seguir considerándose a sí misma como una aldea. Entre otras cosas merece (y está obligada a tener) un gran periódico.
Ay, ¡la ciudad que no podía tratarse a sí misma como una aldea! ¡Cuánta agua habría de correr bajo los puentes hasta hoy, tan odiada y tan destruida desde el poder político!

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