
Óscar Lucien, presidente de la Cinemateca Nacional durante cinco años, en tiempos de Carlos Andrés Pérez II, escribió este texto sobre su tocayo Oscar Garbisu en agosto de 2022, tras el fallecimiento de quien dedicó su experticia y talento a la preservación de la memoria visual del país, desde el Archivo de la Fundación Cinemateca Nacional, que dirigió desde julio de 1992 a enero de 2014. Su viuda, la poeta Teresa de Jesús Casique, trabaja actualmente en la semblanza documentada Oscar Garbisu, curador del cine patrimonial venezolano. Ella ha cedido la nota que rinde homenaje al profesional comprometido, apasionado de una labor no muy entendida ni valorada en Venezuela
Óscar Lucien
En diciembre de 1989 se realizan en Venezuela las primeras elecciones para elegir gobernadores y alcaldes por sufragio universal, directo y secreto. Hasta entonces los mandatarios regionales eran designados, desde la capital, por el jefe del Estado. Poco después los vientos descentralizadores en boga felizmente llegan al ámbito de la cultura y es la razón por la cual la respuesta con la aceptación personal a dirigir la Cinemateca Nacional fue acompañada de un documento que llamamos, entre quienes formaríamos el nuevo equipo, no sin ironía, el Libro azul. El texto, de unas cuarenta páginas, encuadernado entre dos láminas de cartulina de ese color, contenía los lineamientos generales de la que pensábamos sería la función de una cinemateca, de un museo del cine, al comienzo de los años noventa.
Afortunadamente, la decisión de convertir en fundaciones a museos e instituciones culturales, que antes dependían de la administración central, por parte del Consejo Nacional de la Cultura (Conac), fue determinante para la potente revigorización de la actividad de los museos del país y de otras instituciones dedicadas al estudio, la enseñanza, divulgación y promoción de nuestro hacer cultural venezolano.
Un proyecto que, dada la tradición y valoración que desde su fundación la Cinemateca Nacional guardaba en el imaginario y en la formación de la cultura fílmica de los venezolanos, pondría énfasis en fortalecer una institución volcada sobre la conservación de la memoria, la documentación e investigación y la difusión de nuestro patrimonio fílmico, así como en lo más calificado del cine internacional.
La Cinemateca Nacional con su nuevo estatus de fundación, con su Libro azul como bitácora del común compromiso adquirido, partía con un presupuesto propio e independencia y autonomía en su gestión. Entre los propósitos fundamentales en este relanzamiento tenía un peso específico la valoración del patrimonio fílmico bajo su custodia. Un desafío también que se convirtió en un objetivo estratégico insoslayable: el reingreso de la Cinemateca Nacional venezolana a la Federación Internacional de Archivos Fílmicos, la célebre FIAF, que agrupa a los archivos fílmicos más importantes del mundo y establece los parámetros definitorios en el ámbito de la conservación, preservación y restauración de materiales cinematográficos.
Junto a la creación de un espacio plenamente habilitado para la investigación y la adquisición de material bibliográfico actualizado; con la remodelación de la sala de la Cinemateca, la adquisición de nuevos equipos y la edición de una publicación mensual de novedoso diseño, con toda la programación, una actividad fundamental fue la materialización de la aspiración o sueño de disponer de un espacio adecuado para la preservación de los materiales fílmicos, la cava de la Cinemateca, y la restauración de algunos materiales en «peligro de extinción».
El gestor de esta actividad fue Oscar Garbisu, quien asumió esta importante tarea, no exagero, como una forma de apostolado. Su pasión y conocimiento de cineasta fueron un terreno fértil para esta mutación del sencillo y transparente Oscarín (como lo tratábamos en la intimidad) en el consecuente guardián de nuestra memoria visual. Había dirigido El patio se está hundiendo (1979) y estuvo vinculado a muchas películas venezolanas como montador, foquista y asistente de dirección. Culto, estudioso, con un conocimiento enciclopédico en el amplio universo de la cultura, se dedicó a formarse de manera más metódica en los complejos aspectos de la preservación y restauración de los materiales fílmicos cuando todavía lo digital no era moneda de curso corriente. Bajo su conducción empieza un sistemático trabajo de limpieza de los materiales fílmicos en custodia, su catalogación y clasificación.
Realiza las consultas y analiza la documentación necesaria de cara al diseño e instalación de la cava para conservar las películas atendiendo a todos los protocolos de seguridad, refrigeración y control de humedad. Sus viajes e intercambios con cinematecas del mundo, así como su participación en los congresos de la FIAF, no solo aportaron imprescindibles informaciones y conocimientos, sino que finalmente nos allanaron el camino para nuestro ingreso a esa Federación.
Cabe destacar su auspicioso encuentro con João Sócrates de Oliveira, excelente y mítico profesional de la Cinemateca Brasileira y miembro de la Comisión de Preservación de la FIAF, quien aportó sabiduría y experiencia para los proyectos locales de restauración. Es así, entonces, que disciplinado, metódico, paciente y perseverante, Garbisu, además de liderar a su equipo en la limpieza y clasificación del patrimonio fílmico de la cinemateca venezolana, acometió un reto de mayor envergadura: la restauración de la película La escalinata, de César Enríquez. Debía actuarse con la urgencia del caso. Recordemos las pertinentes palabras de Garbisu:
Setenta por ciento de los originales de sonido estaban irremediablemente perdidos por descomposición química. A su vez, la imagen se encontraba desvanecida y habitada por hongos y bacterias, y lo que era más grave: la emulsión comenzaba a separarse de su soporte. Todo anunciaba que estábamos al borde de una pérdida definitiva.
Rodada en 1950, La escalinata es quizás el último largometraje filmado en Venezuela sobre soporte inflamable de nitrato de celulosa… Devolverle la apariencia visual original fue un gran reto para el Archivo Fílmico porque salvo el negativo desvanecido no había quedado nada que nos sirviera como referencia. En este punto las consultas previas con César Enríquez, su director, fueron extremadamente útiles a la hora de las decisiones.

En otro ámbito, el amplio conocimiento de Oscarín, diría incluso su erudición, enriquecía los constantes intercambios con los departamentos de Programación y de Investigación que dirigían, respectivamente, Leonardo Henríquez y Tulio Hernández. Sus aportes fueron muy enriquecedores en las decisiones relativas a la sala de proyección y a los equipos necesarios para su actualización, así como para el proyecto de edición de la Filmografía venezolana. Me es grato recordar su fino humor y su risa cómplice que me evoca a un personaje de dibujos animados que no logro identificar.
Investigador nato, también se dedicó a estudiar todo lo relacionado con las perspectivas que se abrían con el tratamiento computarizado de los negativos para iniciar un proyecto de digitalización de las películas venezolanas. Además, en el responsable del Archivo Fílmico, los cineastas encontraron una voz amable y receptiva para orientarlos frente a las dudas y expectativas respecto a la conservación de sus propios negativos.
Con su carácter reservado y la intransigente aplicación de los conocimientos que fue acumulando, Garbisu consagró «el apostolado» de la conservación. Un apostolado que predicó con el ejemplo.
Fotos: Aureliano Alfonzo. Pertenecen a la serie «Rostros del Cine Venezolano», auspiciada por el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía y Producciones «Omar Mesones».
Ver también UNA TARDE CON JUAN LUIS BUÑUEL EN LA CINEMATECA NACIONAL


Apreciado Sebastián, muchísimas gracias por ofrecer esta bella nota de Oscar Lucien con el cual doy comienzo a una compilación de los escritos sobre preservación fílmica de Oscar Garbisu. La siento como un anuncio que compromete la edición de mi trabajo. Saludos.