
Es cierto, una tarde estuvo Juan Luis Buñuel en la Cinemateca Nacional, en Plaza Morelos. De allí nace esta nota que aterriza sobre dos referencias para los cinéfilos caraqueños: la revista Cine al Día y ese santuario en penumbras que ha sido la Cinemateca Nacional. ¿Existe todavía? ¿En qué condiciones? En esta entrada comienzan a entrecruzarse héroes de la memoria visual y académicos, periodistas y filósofos de café que aprendieron en una butaca a soñar despiertos. Eso también era Caracas, una ciudad para soñar despierto
Sebastián de la Nuez
Es cierto también que se dedicó a contar anécdotas, tal vez mil veces contadas antes, acerca de su papá el director Luis Buñuel, el que filmó al grupo de burgueses encerrado en una casa donde solo les quedaba entregarse a devaneos oníricos y descubrirse indiscretamente. La visita de su vástago a la Cinemateca sucedió un sábado a principios de 1994 mientras se celebraba un festival de películas buñuelianas. Aquel hombre robusto y campechano con la camisa por fuera, parado dándole la espalda a la pantalla, frente al público de la Cinemateca, con su chiva y su barriga, conectó un casete en play desde su propia voz y lo dejó correr. Es posible que le hubiesen preguntado demasiadas veces acerca de las mismas cosas.
Esa tarde se exhibieron las películas La muerte en este jardín (1956) con Georges Marchal y Simone Signoret, y La ilusión viaja en tranvía (1953), interpretada por Lilia Prado, Carlos Navarro y Agustín Isunza.
El hijo de Buñuel, nacido en 1934 en París, algo habló sobre censura; la gente hoy tal vez no imagine la ominosa sombra de la Iglesia sobre los españoles pero, por ejemplo, la libertad de ver un ojo en primer plano en el momento de ser cercenado por una hojilla ―sumamente afilada, por lo demás― era algo muy difícil de digerir en España para los años treinta. El otro mediometraje inquietante del papá de Juan Luis fue La edad de oro y al momento de ser estrenada en la isla de Tenerife saltó el principal diario canario, en primera página:
«Es la herejía criminal en manos de quienes han perdido toda sensibilidad y todo sentimiento artístico. Es el exponente de la impotencia espiritual de quienes olvidaron que tienen conciencia. La edad de oro tiende a sembrar la degeneración. Es una película monstruosa que ha sido censurada en la península. La edad de oro es el nuevo veneno de que se quieren valer el judaísmo y la masonería y el sectarismo rabioso y revolucionario para corromper al pueblo».
Hasta que triunfó el Frente Popular en 1936 en Tenerife no pudo estrenarse y eso en función privada y con vigilancia policial. Solo en Madrid había sido exhibida antes, en 1931. Juan Luis dijo en su visita a la Cinemateca algo que resume el trabajo de su padre: «El cine debe ser inquietante». Parado allí enfrente parecía un robusto turista risueño, un hombre de buen talante a quien le gusta charlar. Pasaron su documental sobre los tambores de Calanda, el pueblo aragonés donde nació su padre. El cortometraje, realizado en blanco y negro en 1966, es un tributo a la tierra de sus ancestros, síntesis apretada de una fiesta colectiva que lleva a todo un pueblo a aporrear durante 24 horas seguidas los tambores, una vez al año, en Semana Santa.
Para varias generaciones de venezolanos, hasta que el chavismo acabó con ella y con su prestigio, la Cinemateca Nacional fue un refugio de tarde en tarde, el sitio donde repartían al público una hojita mimeografiada sobre la película a exhibir. Era, sobre todo, aquel túnel mullido que desembocaba ora en Pather Panchali, ora en Los domingos con Cybele o Help! o Rashomon y, si te quedabas después de la función, en aquel señor que se paraba enfrente a comentar la película y tirar de la lengua de los espectadores que se habían quedado, a ver qué pensaban. Se llamaba Perán Erminy pero en su círculo de amigos lo llamaban Forán Erminy, porque siempre proponía un foro. Una vez estuvo de invitado Werner Herzog, una verdadera leyenda. En otra ocasión, la notable actriz sueca Liv Ullman. Miguel Littín, el chileno, debe haber pasado por allí también. En ese entonces, los grandes del cine latinoamericano o de más allá quedaban cerca de Caracas porque Caracas estaba cerca del mundo.
En los orígenes de la Cinemateca estuvo Margot Benacerraf, la venezolana que había triunfado en Cannes en 1959. Ella le dice al periodista Diego Arroyo Gil sobre el proyecto del que se hablaba desde los años cincuenta:
«Henri Langlois habló de la conveniencia de que existiera aquí una cinemateca que, además de promover el cine mundial en Venezuela, sirviera como centro regional de otras cinematecas de América Latina. Era muy ambicioso todo, pero a mí me emocionaba mucho. Después, en el 59, durante una visita de Inocente Palacios a París, Langlois y yo nos reunimos con él. Inocente ya era un mecenas en esa época y tenía el proyecto de construir un museo de arte moderno en Caracas, en forma de pirámide invertida, diseñado por Oscar Niemeyer. Acordamos que, una vez se construyera, el museo tendría una cinemateca y que yo sería el vínculo entre esa cinemateca y la Cinemateca Francesa».

Pero el museo nunca se construyó y Margot se quedó en París. Regresó a Caracas en mayo del 65 y al año siguiente sí se abrió la Cinemateca. Le dijo a DAG que tuvo que imponerse a los obstáculos, luchando contra ciertas resistencias. «Miguel Arroyo, por ejemplo, el director del Museo de Bellas Artes, se molestó mucho conmigo cuando se enteró de que la sala de conferencias del museo pasaría a ser la sala de proyecciones permanente de la Cinemateca. Me lo reclamó, tal vez con razón, pero yo no me paré».
Hoy en día, la Cinemateca significa, al menos para un grupo de caraqueños que se hizo gente entre los setenta y los noventa, memoria y nostalgia. Fue una escuela sentimental y una especie de santuario para quienes soñaron en ella la vida de los otros. Allí moró el horror, sobre todo la tarde en que pasaron Repulsión y cuando emergió el angustiante vaticinio de Kubrick sobre la inteligencia artificial en 2001, una odisea espacial. Allí, el espectador se entendía con los dioses y los demonios. Desde la oscuridad, clavado a tu asiento, atisbabas la clave del misterio o apostabas por el desvalido, aun siendo culpable. Todo quedaba al doblar la esquina del patio del Museo de Bellas Artes, pasándole al lado a la negra en la hamaca de Cornelis Zitman. Los pasillos entre las filas de butacas eran el fastidio de los piernas largas, qué se le va a hacer.
Fernando Rodríguez estuvo allí, formando parte de la hermandad. Igual que Óscar Lucien, Rodolfo Izaguirre y Oscar Garbisu. Ahora los recuerdos vienen envueltos en la voz carrasposa de Fernando y suenan un tanto desvaídos o polvorientos. En todo caso, sigue allí en su cabeza una sólida enciclopedia fílmica y el listín de la CANTV con los nombres de sus amigos, que han sido por lo general poetas, académicos, cinéfilos, filósofos de cafetín y políticos de una izquierda eternamente perdedora, en desbandada. Teodoro Petkoff ocupa lugar preferente.
Fernando representa a la Cinemateca pero también a la revista Cine al día, que solían leer quienes iban a la Cinemateca. Lo primero que hace cuando le preguntan por Cine al Día es darle el crédito al profesor Alfredo Roffé, fallecido en 2011. «Alfredo fue el padre de la criatura, incluso la diagramaba». Se ve a sí mismo como el único sobreviviente del staff de colaboradores pero, de inmediato, rectifica: «No, por ahí anda Rodolfo Izaguirre».
Cine al Día dio lugar, tras fenecer, a Cine-Oja. En esta última, dirigida igualmente por Roffé, se incorporó Héctor Concari hacia 1983, recién llegado al país desde Uruguay no exactamente por causa política alguna, sino directamente tras unas faldas. Pero venía con la recomendación de un paisano: «Búscate a Alfredo Roffé». Lo buscó y fue incorporado a las reuniones en la casa de Los Chorros, donde estaban cuidadosamente alineados en estanterías unos nueve mil discos que giraban a 33 RPM. Roffré era un coleccionista consumado de objetos culturales o simplemente bellos. Se gastó su fortuna en ello, según dicen. También dicen, o sospechan, que su herencia se ha ido evaporando en la espesura del tiempo.
Desde el punto de vista de los lectores, ¿en qué consistió el encanto de las revistas lideradas por Alfredo Roffé? Él era, por cierto, un insobornable hombre de izquierdas. Héctor Concari recuerda cómo denostaban en una reunión Los gritos del silencio (The Killing Fields, Roland Joffé, 1984). «¡Poco menos que justificábamos a Pol Pot…! Es broma, pero un poco sí, nosotros mismos nos reíamos de nuestra posición ultra».
Durante esas reuniones, Alfredo producía lo que llamaban «rofemas», frases de sabiduría condensada y aderezada con sorna. «Todo cineasta es un crítico frustrado», por ejemplo. Había reclutado a sus más brillantes alumnos de la Escuela de Arte, de modo que había sangre joven en las reuniones. Y sí, Héctor Concari, el uruguayo experto en gerencia hotelera que llegó a Caracas en 1983, estaba muy cerca de la Cinemateca pues trabajaba en el Caracas Hilton, cruzando el puente peatonal. No estaba cerca de Los Chorros, pero la sala de cine le quedaba ahí mismito. Lo recuerda todo, Héctor. Recuerda, por ejemplo, a Alberto Valero, quien estuvo en las primeras épocas de la Cinemateca y participó en Cine al día y luego en Cine-Oja. «Vive en Varsovia y lo visité el mes pasado», dice. Todo lo que se refiere a esa época, a ese país que lo acogió, Héctor lo atesora.
En efecto, Rodolfo Izaguirre fue director o presidente de la Cinemateca hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana. Dice que ha sido el trabajo de su vida. Estuvo varios años en el cargo, tras suceder a Margot Benacerraf. ¿Y cuál fue para él, dentro de esa posición al mando de la Cinemateca Nacional, aquello que le dio la mayor satisfacción de su vida laboral? Pues la organización del ciclo de rumberas del cine mexicano. ¿Por qué fraguó tal desmesura, si una Cinemateca que se respete, como él mismo dice, no debe mostrar (al menos teóricamente) películas de rumberas? Quizás por el gusto de hacer una cosa insólita y preciosa al mismo tiempo. Esa es la palabra que utiliza, precisamente: «Fue una cosa preciosa porque, además, cada noche invitaba a un artista diferente: a Salvador Garmendia, a José Ignacio Cabrujas, a Pedro León Zapata… Los invitaba para que contaran lo que para ellos habían significado las rumberas en sus vidas, «ellos, que son unos grandes artistas; y al mismo tiempo dimos a las rumberas el sitial que se merecen. Se trataba de desacralizar el cine, desacralizar el Museo de Bellas Artes… Era dar a las rumberas el valor que tienen. Yo quería que la gente fuera a la Cinemateca y le perdiera el miedo al arte, a la cultura».
Si es sábado, debe ser Alfred
Hubo un tiempo en que solían pasar películas de los hermanos Marx en la Cinemateca, y de Richard Lester y de Vittorio de Sica y quién sabe cuántos más autores, estrellas, guionistas o ciclos dedicados a un género o a un país. Algo sucedía en Caracas, estaban de moda los cineclubs, en el Celarg se impartían cursos de guion y el cine nacional parecía alzar el vuelo de la mano de Foncine (pero en Cine al Día o Cine-Oja practicaban la inclemencia al comentar ese cine, precisamente); estaban las salas de La Pirámide (frente al CC Concresa), Centro Plaza, Cine Prensa; poco después abrieron las salas La Previsora y Margot Benacerraf en el Ateneo. La transformación del Trasnocho Cultural significó un gran avance. Eran salas de arte y ensayo o una combinación de cine comercial y grandes ciclos, muchas veces gracias a la participación de embajadas.
Había ambiente. En la Cinemateca, al comenzar la función colocaban en pantalla un cartel desvencijado como advertencia a los fumadores. La entrada costaba seis bolívares y las butacas, cubiertas con una tela marrón tan raída que ya ni el marrón podía distinguirse, despedían cierto tufo a humedad. A las puertas entregaban aquella hojita mimeografiada sobre autor y obra. Andando el tiempo, la Cinemateca fue reestructurada administrativamente, reacondicionada físicamente y redimensionada legalmente, convirtiéndola en fundación según la política impuesta por José Antonio Abreu desde el Conac. En septiembre de 1991, tras la reapertura, su nuevo director Óscar Lucien escribía, en un suplemento de la Prensa, sobre el papel de una cinemateca en un mundo que condena a la quema —la quema de Judas, qué duda cabe— las copias de los filmes luego de un determinado tiempo de explotación comercial.
Hubo islas de excelencia en Caracas, dentro del sector público. Esas instituciones que acabarían sucumiendo ante la mediocridad chavista, en otro tiempo se alimentaron de ese tipo de gerentes que privilegiaron la eficiencia, la planificación y la cultura grupal de trabajo. La Cinemateca corrió con buena suerte durante un buen trecho. Como el Museo de Arte Contemporáneo dirigido por Sofía Ímber o, en otros planos, la Contraloría cuando al frente estaba José Ramón Medina o el Metro de Caracas dirigido durante treinta años impecables por José González Lander. Editorial Monte Ávila o Biblioteca Ayacucho.también fueron institciones ejemplares.
¿La Cinemateca sigue siendo hoy, como ayer, reducto umbrío donde se citan todos los días, tres veces por jornada, los mitos y leyendas de todos los tiempos? Nunca existieron las bolsas de cotufas en ese recinto y, por lo general, nada irrumpía en la comunión entre la feligresía y el objeto de su culto.
Fernando Rodríguez hace memoria y recuerda no haber vuelto más nunca por la Cinemateca en estos 25 años; al parecer, los chavistas desecharon al personal anterior. «Sí, Garbisu se quedó, todos aprobamos que se quedara: era el único que podía cuidar esa colección. El cine necesita mucho cuidado», dice con su hilo de voz cascada.
Es cierto, una tarde estuvo Juan Luis Buñuel ―caballero de chiva a quien le costaba recordar algunas palabras del idioma español― en la Cinemateca Nacional. Había viajado a Venezuela para aprovechar sus locaciones. Era sábado, como ya se ha dicho; de esa clase de sábados inolvidables que solo guardan semejanza con algún otro sábado adolescente en que un chico descubre lo inédito, lo insospechado… lo inquietante. Contó una anécdota sobre Viridiana mencionando a un tal padre Fierro que después de treinta años se presentó ante Fernando Rey a pedir disculpas. Juan Luis o Jean Louis se encontraba en Venezuela para filmar una película por encargo acerca de una mujer francesa, dedicada a la ingeniería, a quien destinan a una represa en el trópico. El cineasta venezolano Diego Rísquez se había encargado de buscarle las locaciones en el país.
Aunque, ahora que el tiempo revuelve los recuerdos de manera vertiginosa, tal vez por las prisas que lleva el mundo actual, bien pudo haber sido Alfred Hitchcock con chiva el de la camisa por fuera, el que hablaba de un cura que viene a ofrecer disculpas demasiado tarde, lo cual resulta verdaderamente inquietante, ¿no?
Fotos: Carlos Hernández de su serie «Los cines de Caracas». Interior del Cine Alameda, circa 1990.
Ver también OSCAR GARBISU, APÓSTOL DE LA MEMORIA VISUAL


Con muchos recuerdos en mente he leído este magnífico texto de mi colega Sebastian de la Nuez. Entre 1970 y 1974 fui un asiduo visitante de la Cinemática. Mucho disfruté de su cartelera y del precio de la entrada, creo que era de dos bolivares. En este artículo de Sebastian me causó risa su mención a la escultura de la mujer sin ropa de Zitman, quien parecía estar allí vigilando a quienes íbamos a la Cinemateca.
Gracias por leerlo, Luis. Esa es la memoria viva de una ciudad antes del tsunami.
Varsovia 27-05-26
Apreciado colega, gracias por mencionar mi paso por la CInemateca. Fue entre 1966 y 1970. Con Rafael Zapata nos encargamos de la programacion y la redacción de las hojitas multigrafiadas. Tengo numerosas anécdotas que quizás podrían enrriquecer tu evocación. Por ahora, un cordial saludo. Alberto Valero.
Alberto: pronto me pondré en contacto contigo por e-mail.
Gracias por tu lectura.